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“El Idiota y el privilegio de leer a Dostoievski” Alejandro Reyes Thomé

Más que una reseña, este es el relato de la experiencia de un lector que terminó viendo a las personas de otra manera.

Alejandro R. Thomé · 2026-07-03 22:59 · 0 claps · 18.5 min read
#dostoiévski #literatura #fiodor-dostoievski #penguin-classics
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“El Idiota y el privilegio de leer a Dostoievski” Alejandro Reyes Thomé

Más que una reseña, este es el relato de la experiencia de un lector que terminó viendo a las personas de otra manera.

Pt.1

Nunca me había dado tristeza terminar un libro.

Muchas personas sienten orgullo cuando terminan una novela de más de ochocientas páginas. Yo sentí exactamente lo contrario. Conforme me acercaba a las últimas páginas de El idiota, empecé a lamentar que la historia estuviera llegando a su fin. Fue la primera vez que una novela me hizo desear que todavía quedaran cientos de páginas por delante.

Hasta la fecha, se ha convertido en mi libro favorito.

Durante aproximadamente un mes y medio viví dentro de esta historia. No encuentro una mejor forma de describirlo. Llegó un punto en el que los personajes dejaron de sentirse como simples personajes; tenía la impresión de conocerlos, de preocuparme por ellos, de alegrarme con sus pequeños momentos de felicidad y de sufrir cuando todo empezaba a derrumbarse. La novela consiguió algo que muy pocas obras de cualquier medio, habían logrado conmigo: hacerme sentir parte de ese mundo.

Nunca he sido una persona que llore con facilidad viendo películas o series. Puedo disfrutarlas, emocionarme e incluso admirarlas, pero rara vez consiguen afectarme de verdad. El idiota fue diferente. Los últimos capítulos los leí literalmente temblando, incapaz de dejar el libro a un lado, y el desenlace me pareció profundamente triste. No solo por el destino de sus personajes, sino porque sentía que también me estaba despidiendo de ellos.

Fue entonces cuando comprendí algo que llevaba tiempo buscando sin saber ponerlo en palabras.

Ahora entiendo lo que para mí significa un entretenimiento de élite.

No hablo de algo exclusivo ni inaccesible. Tampoco de una obra que pretenda demostrar su complejidad. Me refiero a un entretenimiento que exige del lector algo más que consumir una historia: atención, curiosidad, paciencia y la disposición de dejarse transformar por lo que está leyendo.

Vivimos en una época donde gran parte del entretenimiento parece diseñado para mantener nuestra atención durante unos minutos antes de pasar al siguiente estímulo. Redes sociales, series construidas para el consumo compulsivo o historias que buscan impactar constantemente al espectador. No tiene nada de malo disfrutarlas, pero después de cerrar El idiota comprendí que existe otra forma de entretenimiento: una que continúa creciendo incluso cuando ya has pasado la última página.

Curiosamente, esta sensación me hizo recordar mi lectura anterior: Dieciséis notas, de Risto Mejide. Aquella novela me pareció una propuesta muy interesante precisamente porque nunca pretendió ser una biografía. El propio Risto explica que muchos aspectos de la vida íntima de Glenn Gould son desconocidos y que algunos de los elementos centrales de la historia (como la idea de que la silla de Gould estuviera construida con la madera del ataúd de Bach) son una licencia literaria para crear una conexión simbólica entre ambos músicos.

Disfruté esa novela por lo que era: una ficción histórica.

Sin embargo, al llegar a Dostoievski descubrí una experiencia completamente distinta.

Mientras Dieciséis notas construía deliberadamente un universo simbólico a partir de la imaginación de su autor, El idiota conseguía hacerme sentir que estaba observando personas reales. No personajes diseñados para cumplir una función dentro de una trama, sino seres humanos llenos de contradicciones, heridas, impulsos y decisiones difíciles de comprender.

Esa diferencia terminó marcando toda mi lectura.

No fue hasta después de terminar la novela cuando descubrí un comentario de Vladimir Nabokov que, curiosamente, me ayudó a entender por qué Dostoievski me había cautivado tanto.

Nabokov admiraba a escritores como Tolstói por su extraordinaria capacidad para construir escenas visuales. Le fascinaba la precisión con la que describía cómo se movían sus personajes, qué hacían con las manos o cómo se relacionaban físicamente con el espacio que los rodeaba. En cambio, criticaba a Dostoievski porque muchas de sus escenas avanzan casi exclusivamente a través del diálogo, prestando mucha menos atención al detalle físico.

Después de leer esa comparación comprendí que, precisamente, ahí estaba una de las razones por las que El idiota me había atrapado tanto.

Nunca había logrado conectar con aquellas obras que parecen detenerse durante páginas enteras para describir minuciosamente cada objeto, cada gesto o cada detalle corporal de sus personajes. De hecho, una de las cosas que menos disfruté de Dieciséis notas fue que, en algunos momentos, dedicara un espacio considerable a describir con detalle la vida íntima y sexual de Glenn Gould y su amante. Entiendo perfectamente por qué Risto Mejide decidió incluir esos pasajes; forman parte de la propuesta de su novela y de la construcción de sus personajes. Sin embargo, personalmente sentí que esas escenas no eran lo que más me interesaba de la historia.

Con Dostoievski ocurrió exactamente lo contrario.

Su atención parece estar puesta casi siempre en otra parte: en las ideas, en los conflictos morales, en las contradicciones internas y, sobre todo, en la psicología de sus personajes.

Fue ahí donde empezó a conquistarme como lector.

Porque terminé comprendiendo que, para él, la verdadera acción no ocurre únicamente en lo que hacen las personas, sino en aquello que ocurre dentro de ellas.

Y esa diferencia terminó cambiando por completo mi manera de leer esta novela.

Pt.2

Después de terminar la novela empecé a hacer algo que nunca antes había hecho con tanta frecuencia: investigar.

No porque sintiera que Dostoievski escribiera de manera confusa, sino porque constantemente me daba la impresión de que detrás de una conversación, de un personaje o incluso de una mentira había una referencia que se me escapaba. Y casi siempre, al buscarla, descubría que la novela se hacía todavía más grande.

Creo que ahí reside una de sus mayores virtudes.

Dostoievski recompensa la curiosidad.

El idiota no es una novela que se agote cuando se cierra la última página. Al contrario: muchas de sus mejores capas aparecen después, cuando uno investiga un contexto histórico, relee un diálogo o intenta comprender por qué un personaje actuó de determinada manera. Cuanto más profundizaba, más sentía que la novela seguía creciendo.

Uno de los momentos que mejor representa esa sensación ocurre con el general Ivolguin.

Desde el principio sabemos que es un mentiroso patológico. Sus historias son tan exageradas que terminan siendo incluso entrañables. Una de ellas consiste en asegurar que fue paje de cámara de Napoleón y que este, al entrar en una habitación, contempló un retrato de Catalina II y exclamó que había sido una gran mujer.

Naturalmente, toda la anécdota es falsa.

Sin embargo, mientras leía me surgió una pregunta inesperada: ¿por qué precisamente Catalina II?

Decidí investigarlo.

Descubrí que Catalina II fue una déspota ilustrada bajo cuyo gobierno el Imperio ruso vivió un enorme proceso de expansión territorial y consolidación política, un periodo que suele conocerse como la Edad de Oro del Imperio ruso. Al mismo tiempo, fortaleció el poder de la nobleza y endureció las condiciones del campesinado.

Y entonces comprendí algo que me dejó verdaderamente impresionado.

Incluso dentro de una mentira inventada por el mayor fabulador de la novela, Dostoievski mantiene una coherencia histórica impecable. El personaje miente, pero la mentira está construida sobre un contexto perfectamente verosímil.

Fue uno de esos pequeños detalles que me hicieron pensar:

Esto sí era buena literatura.

Porque el libro no solo funciona para quien decide pasar las páginas sin detenerse; también recompensa al lector que siente curiosidad y decide investigar.

Ese descubrimiento empezó a repetirse una y otra vez.

Otro ejemplo que me marcó fue Lébedev.

Mientras leía hubo una actitud suya que me desconcertó por completo. Poco antes había demostrado una preocupación sincera por el príncipe Mishkin: lo acompaña tras el intento de asesinato de Rogozhin, se preocupa por su estado y le ofrece llevarlo a su casa de campo en Pávlovsk. Sin embargo, poco después participa en la redacción del artículo que pretende desacreditar precisamente al hombre al que acababa de ayudar.

Recuerdo haber pensado que aquello era una incoherencia.

Después entendí que era exactamente lo contrario.

Al investigar sobre ese episodio encontré una interpretación que terminó cambiando por completo mi manera de ver no solo a Lébedev, sino a muchos otros personajes de la novela.

Dostoievski parece partir de una idea profundamente incómoda: una misma persona puede actuar con una bondad absolutamente sincera un día y comportarse de forma miserable al siguiente. No porque una de esas dos facetas sea falsa, sino porque ambas conviven dentro del mismo ser humano.

Lébedev ayuda al príncipe porque, en medio de la tragedia, siente una compasión auténtica. Pero cuando el peligro desaparece, vuelven a imponerse sus viejos defectos: el gusto por la intriga, la necesidad de sentirse importante y esa facilidad para justificar moralmente decisiones que perjudican a otros.

Durante buena parte de la novela pensé que Dostoievski estaba escribiendo personajes contradictorios.

Al terminarla comprendí que quizá simplemente estaba escribiendo personas.

Y esa fue una de las primeras ocasiones en las que sentí que la novela empezaba a enseñarme algo fuera de sus propias páginas.

Empecé a pensar en cuántas veces, en la vida real, intentamos clasificar a alguien como “bueno” o “malo”, cuando probablemente la mayoría de nosotros somos una mezcla incómoda de ambas cosas.

Creo que ahí comenzó uno de los cambios más importantes que produjo esta lectura en mí.

No salí de El idiota con respuestas.

Salí haciendo mejores preguntas.

Esa misma sensación volvió a aparecer con otro personaje que, durante varios capítulos, consiguió desesperarme: Ippolit Teréntiev.

Recuerdo perfectamente mi primera reacción mientras leía su larguísima confesión.

Pensé que Dostoievski se estaba excediendo.

Había páginas enteras en las que sentía que Ippolit se desviaba constantemente del tema, añadía reflexiones que parecían no conducir a ninguna parte y convertía una idea relativamente sencilla en un discurso interminable.

Mi impresión inicial fue que había demasiado relleno.

Sin embargo, cuando terminé la novela y empecé a leer interpretaciones de otros lectores, entendí algo que cambió por completo mi percepción de ese episodio.

Muchos coincidían en que el error consistía en leer aquella carta únicamente como un recurso para avanzar la trama.

En realidad, la carta es la trama.

No porque cambie el destino de los personajes principales, sino porque permite entrar directamente en la mente de un joven de dieciocho años que sabe que va a morir y que intenta desesperadamente encontrar un sentido a sus últimos días.

Sigue pareciéndome un pasaje exigente.

Hay momentos en los que todavía siento que el ritmo se ralentiza más de lo necesario.

Pero ahora también entiendo que esa sensación forma parte del propio personaje.

Ippolit no está escribiendo un ensayo ordenado.

Está intentando contener el derrumbe de su propia conciencia.

Y, de pronto, ese aparente exceso dejó de parecerme un defecto para convertirse en otra decisión deliberada de Dostoievski.

Fue entonces cuando comprendí que leer a Dostoievski exigía algo distinto de mí.

No bastaba con preguntarme qué estaba ocurriendo.

También tenía que preguntarme por qué el autor había decidido contarlo precisamente de esa manera.

Fue en ese momento cuando dejé de sentir que estaba leyendo una novela.

Y empecé a sentir que estaba conversando con ella.

Pt.3

Si hasta este punto la novela me había enseñado a comprender mejor la complejidad de las personas, hubo dos personajes que terminaron llevándose una parte importante de mi corazón: Nastasia Filíppovna y Aglaia.

Curiosamente, mi relación con ambas fue completamente distinta.

Con Nastasia, mi primera reacción fue la desesperación.

Durante buena parte de la novela me costaba entender por qué, una y otra vez, rechazaba la posibilidad de construir una vida junto al príncipe Mishkin para regresar con Rogozhin. Había momentos en los que incluso sentía frustración al verla destruir, con sus propias decisiones, cualquier oportunidad de encontrar un poco de paz.

Sin embargo, conforme avanzaba la historia empecé a verla de otra manera.

Cada regreso con Rogozhin dejó de parecerme una decisión irracional para convertirse en la consecuencia de una herida que nunca terminó de sanar.

Después de todo lo que había sufrido a manos de Totski, Nastasia Filíppovna parecía incapaz de aceptar que alguien pudiera amarla sin esperar nada a cambio. Mishkin veía en ella una persona digna de compasión y de amor; ella, en cambio, seguía viéndose a sí misma a través del daño que otros le habían provocado.

No era que no pudiera amar al príncipe.

Era que no conseguía creer que mereciera ese amor.

Por eso, una y otra vez, terminaba regresando junto al hombre que mejor encajaba con la imagen que tenía de sí misma. Como si, en el fondo, creyera que dos personas rotas solo pudieran aspirar a destruirse mutuamente.

Mientras pensaba en ella recordé una conversación que tuve hace algún tiempo y que, después de leer El idiota, adquirió un significado completamente distinto.

Una chica de mi edad me dijo un día:

“Me da miedito que veas fotos de modelos mujeres en redes sociales.”

Le respondí que no entendía cuál era el problema, que para mí era tan normal como que a ella pudiera parecerle atractivo Jacob Elordi.

La conversación terminó ahí.

Sin embargo, al día siguiente volvió a escribirme para pedirme un favor muy diferente.

Me dijo que, si su exnovio llegaba a buscarme para preguntarme si la conocía, le respondiera que no. Me explicó que era una persona abusiva, que la tenía amenazada y que no era la primera vez que le pegaba.

Mi respuesta fue exactamente esta:

“Te da miedito alguien que ve mujeres modelos en redes sociales pero no te da miedito estar con un golpeador. Felicidades por tu lógica femenina.”

Ella únicamente respondió:

“No juzgues.”

Durante mucho tiempo recordé aquella conversación simplemente como una contradicción difícil de entender.

Después de leer a Dostoievski empecé a verla de otra manera.

No porque justificara lo ocurrido.

Todo lo contrario.

Empecé a preguntarme qué heridas, qué miedos o qué mecanismos internos pueden llevar a una persona a desconfiar de quien no representa un peligro y, al mismo tiempo, permanecer junto a alguien que sí la lastima.

Y entonces pensé en Nastasia Filíppovna.

No porque ambas historias fueran iguales.

Sino porque comprendí que las personas no siempre toman decisiones guiadas por la lógica. Muchas veces lo hacen desde heridas invisibles que quienes las observamos desde fuera somos incapaces de comprender.

Quizá por eso Dostoievski sigue sintiéndose tan actual.

Porque, aunque la Rusia del siglo XIX haya desaparecido hace mucho tiempo, sigo teniendo la sensación de que existen muchas Nastasias Filíppovnas caminando entre nosotros.

Y creo que esa fue una de las lecciones más valiosas que me dejó la novela.

No aprender a juzgar mejor.

Sino aprender a juzgar un poco menos.

Con Aglaia ocurrió exactamente lo contrario.

No fue un personaje que necesitara aprender a querer.

Me encariñé con ella casi desde el principio.

Me pareció una persona con un gran corazón, aunque profundamente orgullosa. En ocasiones podía comportarse de manera infantil, impulsiva e incluso grosera, pero nunca tuve la sensación de que actuara desde la maldad.

Al contrario.

Siempre me pareció una persona con una enorme necesidad de encontrar algo auténtico en un mundo donde casi todos parecen interpretar un papel.

Hay un detalle que me llamó especialmente la atención.

En varios momentos expresa que le resulta indiferente pertenecer a una familia tan importante y llega a decir que le gustaría dedicarse a enseñar a niños pequeños. Ese deseo me pareció revelador porque mostraba que, detrás de su orgullo, también existía una persona que no medía el valor de los demás únicamente por su posición social.

Es cierto que Aglaia nunca alcanza el grado de desprendimiento de Mishkin.

En la cena donde el príncipe sufre su crisis termina sintiendo vergüenza por él, algo que probablemente Mishkin jamás habría sentido por otra persona.

Y, sin embargo, precisamente ahí me pareció profundamente humana.

Porque Dostoievski nunca intenta convertirla en un símbolo de perfección.

La deja equivocarse.

La deja reaccionar con orgullo.

La deja herir.

Y también la deja amar.

Uno de los momentos más conmovedores de toda la novela ocurre cuando Aglaia reconoce, delante de todos, por qué se enamoró de Mishkin.

Dice que lo ama precisamente porque es incapaz de guardar rencor, porque nunca busca vengarse de quien lo hiere y porque posee una bondad que ella no encuentra en nadie más.

Esa confesión hizo todavía más doloroso todo lo que vino después.

Su desenlace me produjo una tristeza enorme.

No únicamente porque su historia de amor con Mishkin nunca pudiera realizarse.

Sino porque tuve la sensación de que terminó viviendo una vida completamente opuesta a aquella que alguna vez soñó.

Después de casarse con un supuesto conde polaco (que ni siquiera era realmente conde) acaba separándose de su familia, involucrándose en causas políticas y religiosas ajenas y alejándose de todo aquello que parecía haber admirado en Mishkin.

No afirmo que Dostoievski pretendiera transmitir exactamente esta idea.

Es simplemente la sensación con la que terminé la novela.

Me dio la impresión de que Aglaia acabó viviendo en una especie de rebeldía contra los ideales del único hombre al que realmente amó.

Como si, incapaz de construir una vida junto a él, hubiera terminado construyendo una vida en dirección contraria.

Y esa posibilidad me pareció profundamente triste.

Porque una de las cosas que más me impresionó de El idiota es que sus tragedias nunca terminan cuando concluye la historia principal.

El sufrimiento continúa extendiéndose silenciosamente hacia quienes sobreviven.

Nastasia Filíppovna.

Aglaia.

Incluso personajes aparentemente secundarios.

Todos terminan cargando con las consecuencias de aquello que vivieron junto al príncipe Mishkin.

Y poco a poco empecé a comprender que quizá ese era el verdadero centro de la novela.

No la historia de un hombre extraordinariamente bueno.

Sino la huella que una persona así puede dejar, para bien o para mal, en la vida de todos los que llegan a conocerla.

Pt.4

Hay personajes que uno recuerda por la importancia que tienen en la trama.

Y hay otros que permanecen en la memoria por la impresión humana que dejan.

Lizaveta Prokófievna pertenece, para mí, al segundo grupo.

Al principio de la novela confieso que no me caía especialmente bien.

La veía como una mujer de carácter fuerte, impulsiva, acostumbrada a controlar todo cuanto ocurría a su alrededor y demasiado preocupada por el futuro social de sus hijas.

Cuando Mishkin le envía aquella carta a Aglaia preguntándole, simplemente, si era feliz, ella llega incluso a reprochárselo. Durante buena parte del inicio pensé que veía al príncipe únicamente como un hombre incapaz de ofrecerle un futuro digno a Aglaia.

Con el paso de los capítulos comprendí que estaba siendo injusto con ella.

Lizaveta no hablaba desde el clasismo.

Hablaba desde el miedo.

Miedo a que su hija entregara su vida a alguien que, desde su punto de vista, parecía incapaz de sobrevivir en el mundo.

Y precisamente por eso me emocionó tanto verla cambiar.

Hay una escena que recuerdo especialmente.

Mientras Aglaia, dominada por el orgullo y el enfado, insiste en que nunca ha comprometido realmente su palabra con Mishkin, es la propia Lizaveta quien termina defendiéndolo.

Incluso llega a decir que sería capaz de echar a todos los invitados de la casa para quedarse con él y demostrarle a su hija “el hombre que es”.

Ese momento cambió completamente mi percepción del personaje.

Dejó de parecerme una mujer autoritaria.

Empezó a parecerme una madre.

Una madre que, por encima de cualquier otra cosa, intentaba proteger a sus hijas, incluso cuando se equivocaba en la forma de hacerlo.

Y quizá por eso uno de los episodios que más me conmovió ocurre ya al final de la novela.

Cuando visita a Mishkin en Suiza, el príncipe ya ni siquiera es capaz de reconocerla.

Toda la tragedia ya ha ocurrido.

El hombre que había cambiado la vida de tantos personajes prácticamente ha desaparecido detrás de su enfermedad.

Y, aun así, Lizaveta continúa yendo a verlo.

Hay una frase suya que me impresionó especialmente.

Mientras critica todo lo extranjero y expresa su deseo de regresar a Rusia, dice:

“Por lo menos aquí, junto a este desdichado, he podido llorar a lo ruso.”

Es una frase profundamente sencilla.

Pero también profundamente humana.

Ya no habla la mujer orgullosa del comienzo.

Habla alguien que está despidiéndose de una persona a la que terminó queriendo profundamente.

Y creo que esa transformación resume muy bien otra de las grandes virtudes de Dostoievski.

Nunca obliga al lector a cambiar de opinión sobre un personaje.

Simplemente le da tiempo para conocerlo mejor.

Algo parecido me ocurrió con Evgueni Pávlovich.

Cuando apareció por primera vez imaginé que sería el clásico rival elegante, inteligente y socialmente brillante que terminaría enfrentándose a Mishkin por el amor de Aglaia.

La literatura está llena de personajes así.

Y, sin embargo, Dostoievski volvió a sorprenderme.

Evgueni Pávlovich terminó convirtiéndose en una persona mucho más noble de lo que esperaba.

No es un santo.

Tampoco pretende serlo.

Pero demuestra una madurez y una capacidad de comprensión que, poco a poco, hacen que el lector empiece a confiar en él.

Al final es precisamente quien permanece más cerca del príncipe y quien, en cierto modo, termina haciéndose cargo de muchas de las consecuencias que los demás ya no pueden afrontar.

Fue otro recordatorio de que Dostoievski parece disfrutar desmontando las expectativas del lector.

Cuando creemos haber entendido a alguien, normalmente apenas estamos empezando a conocerlo.

Y entonces llegué al último tramo de la novela.

Todavía hoy me cuesta pensar en esos capítulos sin sentir un nudo en la garganta.

Hay una escena que, por encima de todas las demás, sigue acompañándome.

Después de que Nastasia Filíppovna huye de la boda con Rogozhin, Mishkin (un día después) comienza a recorrer desesperadamente todos los lugares por los que cree que ella pudo haber pasado.

En un momento descubre que ella y Rogozhin habían estado jugando a las cartas.

Es un detalle aparentemente insignificante.

Sin embargo, cuando finalmente entra en aquella habitación y encuentra el cuerpo de Nastasia Filíppovna, vuelve a recordar aquellas cartas.

Rogozhin se las entrega.

Y el príncipe las toma entre sus manos.

Entonces Dostoievski escribe uno de los pasajes que más me golpearon de toda la novela.

“De súbito comprendió que en aquel momento y desde bastante antes no hablaba de lo que necesitaba hablar ni hacía lo que se debía hacer, y que aquellas cartas que tenía en las manos y que tanto le habían alegrado, no iban a serle ya de ninguna utilidad.”

Cuando leí esas líneas tuve la sensación de estar presenciando algo más que una tragedia.

Era como si la mente de Mishkin comenzara a romperse delante del lector.

Lo verdaderamente perturbador es que ese deterioro no empieza cuando descubre el cadáver.

Empieza antes.

En su forma de hablar.

En los pensamientos que se interrumpen.

En esa incapacidad creciente para distinguir qué importa realmente en cada momento.

Mientras Rogozhin permanece inmóvil en la oscuridad, con los ojos completamente abiertos, Mishkin empieza a perder poco a poco aquello que lo había acompañado durante toda la novela.

No solo la esperanza.

También la lucidez.

Y creo que ahí comprendí el verdadero precio que había pagado por intentar amar y comprender a todo el mundo.

Hasta ese momento todavía conservaba la esperanza de que Dostoievski encontrara alguna forma de salvarlo.

No ocurrió.

El príncipe no termina la novela como comenzó.

Termina mucho peor.

Prácticamente regresa al mismo estado de desconexión mental del que había salido al inicio de la historia, solo que ahora lo hace después de haber conocido el amor, la amistad, la traición y el horror.

Eso hace que el desenlace resulte todavía más devastador.

Porque el lector sabe todo lo que Mishkin llegó a ser.

Y también sabe todo lo que terminó perdiendo.

Fue entonces cuando comprendí que El idiota no era únicamente la historia de un hombre bueno intentando sobrevivir en un mundo cruel.

Era, también, la historia del inmenso coste que puede tener conservar la bondad cuando todo a tu alrededor parece empeñado en destruirla.

Pt.5

Cuando cerré El idiota tuve una sensación muy extraña.

No sentí únicamente que había terminado una gran novela.

Sentí que acababa de despedirme de un grupo de personas con las que había convivido durante más de un mes.

Nunca antes me había ocurrido algo parecido.

Durante semanas pensé en Mishkin, en Aglaia, en Nastasia Filíppovna, en Rogozhin, en Lizaveta, en Lébedev e incluso en personajes que aparecen durante apenas unas páginas. Descubrí que seguía preguntándome qué habría sido de ellos si hubieran tomado otra decisión, si hubieran dicho una palabra distinta o si simplemente hubieran nacido en un entorno diferente.

Y entonces comprendí que ese era, quizá, el mayor logro de Dostoievski.

Sus personajes dejan de sentirse como personajes.

Empiezan a sentirse como personas.

Durante mucho tiempo pensé que leer consistía únicamente en adquirir conocimientos.

Después de El idiota empecé a sospechar que también consiste en aprender a mirar mejor a los demás.

No porque una novela pueda explicar por completo el comportamiento humano.

Eso sería imposible.

Pero sí porque obliga al lector a convivir durante cientos de páginas con personas que no puede reducir a una sola etiqueta.

El mentiroso también puede ser compasivo.

La orgullosa también puede amar profundamente.

La víctima también puede tomar decisiones que la destruyan.

El hombre bueno también puede terminar derrotado.

Y quizá nosotros tampoco seamos tan sencillos como nos gusta creer.

Hace algún tiempo escuché una idea que se quedó conmigo.

Alguien decía que la literatura clásica podía enseñar más sobre la psicología humana que muchos libros escritos específicamente sobre psicología.

No tengo la formación académica para afirmar que eso sea cierto.

De hecho, mi camino profesional está mucho más cerca de la ingeniería que de la psicología.

Pero después de leer El idiota entendí perfectamente por qué alguien podría llegar a pensar así.

Porque Dostoievski no explica a las personas.

Las pone delante de nosotros.

Nos obliga a convivir con ellas.

A equivocarnos al juzgarlas.

A cambiar de opinión.

Y, en ocasiones, a descubrir que nosotros mismos también habríamos podido actuar como ellas.

Quizá por eso sigo pensando en esta novela días después de haberla terminado.

No recuerdo únicamente la trama.

Recuerdo conversaciones.

Silencios.

Miradas.

Personajes que me desesperaron al principio y terminaron conmoviéndome.

Otros que parecían nobles y acabaron destruyéndose a sí mismos.

Y un príncipe cuya bondad resultó tan extraordinaria que terminó siendo incompatible con el mundo que lo rodeaba.

Hay una imagen que, desde que terminé el libro, no ha dejado de acompañarme.

Si alguien me preguntara a qué estación del año se parece Mishkin, respondería sin dudarlo que al invierno.

No por ser un personaje frío.

Todo lo contrario.

Porque transmite una serenidad silenciosa, una nobleza difícil de explicar y una pureza que parece fuera de lugar en medio del ruido que lo rodea.

Es un personaje profundamente incomprendido.

Y quizá precisamente por eso resulta imposible olvidarlo.

Cada vez que pienso en él vuelvo, casi sin darme cuenta, a aquella primera escena del tren con la que comienza la novela. Como si el viaje pudiera empezar otra vez y aún quedaran por descubrir todos esos personajes que terminarían acompañándome durante semanas. Pocas veces una historia me ha dejado una sensación tan persistente de querer regresar a su comienzo sabiendo ya todo lo que está por venir.

Hoy entiendo que un libro puede ser mucho más que una buena historia.

Puede convertirse en una conversación que continúa mucho después de cerrar sus páginas.

Puede despertar la curiosidad suficiente para investigar historia, filosofía, religión o literatura.

Puede hacer que una mentira dicha por el general Ivolguin lleve al lector a descubrir quién fue Catalina II.

Puede hacer que un poema de Pushkin adquiera un significado completamente distinto dentro de una novela.

Puede obligarnos a detenernos para comprender por qué Ippolit habla como habla o por qué Lébedev es capaz de ser, casi al mismo tiempo, un hombre compasivo y un traidor.

Puede, incluso, hacer que uno vuelva a mirar ciertas experiencias personales desde una perspectiva diferente.

Y creo que ahí reside una de las mayores virtudes de Dostoievski.

No escribe novelas que terminan.

Escribe novelas que siguen creciendo dentro del lector.

Por eso, si alguien me preguntara hoy cuál es mi libro favorito, respondería sin dudarlo que El idiota.

No porque piense que sea una novela perfecta.

De hecho, hubo pasajes que encontré exigentes e incluso, en un primer momento, excesivamente largos.

Pero precisamente esa fue una de las lecciones que me dejó la lectura.

Aprendí que una gran obra no siempre busca ser cómoda.

A veces busca ser honesta.

Y la mente humana rara vez es cómoda.

Mientras escribo estas últimas líneas ya puedo ver, sobre mi librero, varios libros esperando su turno: Drácula, Sherlock Holmes, El conde de Montecristo, La guerra de los mundos, Los documentos de Aspern y muchos otros que todavía quiero descubrir.

No sé cuál será mi próxima lectura.

Lo único que sé es que, gracias a Dostoievski, ya no volveré a abrir un gran libro de la misma manera.

Porque ahora entiendo que algunos libros no solo cuentan historias.

También cambian discretamente la forma en que uno mira el mundo.

Y sospecho que ese es el tipo de entretenimiento que vale la pena buscar durante toda una vida.

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