El Leviatán que sonríe: una lectura personal de Onfray, Orwell y la dictadura progresista
Michel Onfray, una de las voces más disidentes de la filosofía contemporánea, advierte sobre el avance de un totalitarismo que ya no se…
El Leviatán que sonríe: una lectura personal de Onfray, Orwell y la dictadura progresista
Michel Onfray, una de las voces más disidentes de la filosofía contemporánea, advierte sobre el avance de un totalitarismo que ya no se impone con violencia, sino con tecnología, moral blanda y dogmas institucionales. En esta reflexión personal, propongo recuperar el coraje de pensar en tiempos donde el disenso se volvió un riesgo.

Imagen Mitchell Griest en Unsplash
Durante años, he observado con atención — y cierta incomodidad creciente — el modo en que la narrativa del progreso ha ido consolidando, sin resistencia visible, una arquitectura cultural, tecnológica y política de control que no lleva uniforme, pero sí algoritmo. Por eso, al leer La Teoría de la Dictadura de Michel Onfray, encontré no una novedad, sino la formulación lúcida de un malestar que muchos ven, pero pocos se atreven a nombrar.
Onfray, con la contundencia que lo caracteriza, señala que el progresismo contemporáneo — institucionalizado en las burocracias europeas y amplificado por el consenso digital global — ha devenido en una forma sofisticada de dominación. No se trata ya del viejo totalitarismo de botas y puños cerrados, sino de uno mucho más eficaz: uno que seduce, que persuade, que domestica a través del lenguaje y de la moral.
Totalitarismo posthumanista
Onfray no habla de un retorno al fascismo, ni al comunismo soviético. El totalitarismo de hoy no se impone con botas, sino con notificaciones. En sus palabras:
“La dictadura es un concepto plástico, dinámico, cambiante. Si nos quedamos con una definición del siglo XX, decimos que no hay dictadura. Pero si aceptamos que el concepto evoluciona, estamos ya dentro de una.”
Este nuevo orden no necesita tanques ni campos de concentración: basta con algoritmos, censura blanda, consumo dirigido y vigilancia consentida. La revolución digital que prometía emancipación ha terminado por convertirse en la infraestructura invisible del nuevo Leviatán.
Los ciudadanos se convierten en perfiles gestionables. La disidencia se transforma en patología social. Y la inclusión se utiliza como excusa para borrar el cuerpo, la tradición, el límite, el sentido de pertenencia y la memoria histórica.
El Estado de Maastricht: tecnocracia disfrazada de civilización
Uno de los núcleos más incisivos de la crítica de Onfray es lo que denomina el “Estado de Maastricht”: la estructura institucional posnacional que emergió tras los tratados de integración europea. Lejos de representar un avance democrático o pluralista, esta arquitectura supranacional habría derivado, según él, en una tecnocracia ideológica sin rostro, ajena al ciudadano común y profundamente desconectada del principio de soberanía popular.
“El Estado de Maastricht destruye la libertad, empobrece el lenguaje, suprime la verdad, borra la historia, niega la naturaleza, promueve el odio y aspira a convertirse en un imperio.”
La crítica no recae sobre el ideal europeo en sí, sino sobre su secuestro por parte de una élite tecnocrática que impone — sin deliberación pública real — una visión del mundo anclada en lógicas financieras, ecológicas o identitarias que funcionan más como mecanismos de disciplina que como instrumentos de emancipación.
Desde esta perspectiva, el europeísmo progresista ya no puede leerse como un proyecto integrador o pacificador, sino como una sofisticada mutación del Leviatán hobbesiano: no un monstruo que impone por la fuerza, sino una maquinaria que, en nombre del bienestar, la diversidad y la seguridad, sacrifica la soberanía, disuelve la tradición y neutraliza el disenso.
El progresismo institucional, al erigirse como garante de derechos, anula a la vez las raíces culturales, las identidades colectivas y el ejercicio de la crítica legítima. No se trata de un Estado de Derecho plural, sino de un sistema de administración moral total, donde el poder no se discute porque se presenta como incuestionablemente benéfico.
Orwell: la distopía convertida en manual
Michel Onfray rescata a George Orwell no como un novelista del pasado, sino como un cronista profético. 1984, lejos de haber quedado como una advertencia literaria, se ha convertido en un protocolo operativo de nuestro tiempo. La vigilancia persiste, sí, pero ya no es impuesta: es consentida, asumida y hasta deseada. No llega desde torres de control, sino desde la comodidad de nuestras pantallas, los asistentes virtuales y las plataformas que organizan nuestra vida cotidiana.
La neolengua — esa estrategia orwelliana de reconfigurar el pensamiento a través del lenguaje — ya no necesita ministerios oficiales para operar. Se impone por medio de hashtags, de normas de comunidad, de protocolos inclusivos que camuflan la censura bajo una apariencia de protección. Ya no se dice “censura”, se dice “moderación”; ya no se habla de “prohibiciones”, sino de “espacios seguros”.
“La dictadura moderna no prohíbe: enseña a autocensurarse. No necesita castigar: educa para evitar el error.”
El punto de Onfray — que hago mío — es claro: la dictadura contemporánea no requiere violencia explícita, porque ha perfeccionado un dispositivo más eficiente: la interiorización del control. La cultura ya ha enseñado lo que no debe decirse, pensarse o preguntarse. No hace falta prohibir lo que el entorno simbólico ha vaciado de legitimidad. No es necesario reprimir cuando la autocensura opera con la precisión quirúrgica del miedo moral y el deseo de pertenencia.
En este nuevo régimen cultural, la verdad se relativiza, la historia se reescribe y la naturaleza humana se niega. No se trata de aplastar, sino de reprogramar conciencias con herramientas amables: discursos empáticos, inclusividad institucionalizada, pedagogías de la afectividad. Todo en nombre de un bien superior incuestionable.
Orwell no imaginó el futuro: lo diagnosticó con décadas de anticipación. Y hoy, su distopía ya no se discute como ficción, sino que se vive como norma.
El progresismo como nueva ortodoxia
La paradoja de nuestro tiempo es que quienes dicen luchar contra las estructuras opresoras del pasado, han terminado creando un nuevo dogma, tan rígido y excluyente como los anteriores. La “dictadura progresista” no es el resultado de una conspiración, sino de una convergencia peligrosa entre buena intención, ingenuidad tecnológica y ambición de poder.
Esta nueva ortodoxia tiene sus propios mandamientos, herejías y excomuniones. Reescribe la historia para ajustarla a su narrativa, redefine el lenguaje para hacerlo funcional a su ética, y convierte cualquier forma de crítica en sospecha de odio o ignorancia.
Epicureísmo, hedonismo y la traición del progreso
Resulta curioso que un filósofo identificado con el hedonismo, como Onfray, se convierta en crítico del progresismo actual. Pero es justamente su mirada epicúrea — centrada en el cuerpo, el placer, la autonomía — lo que lo lleva a denunciar la desmaterialización de lo humano.
“La naturaleza humana existe. Negarla, como hacen los ideólogos de la deconstrucción, es la base de esta nueva dictadura cultural.”
La supuesta liberación que ofrecen las nuevas ideologías niega el cuerpo biológico, disuelve la diferencia sexual, desmantela los relatos históricos y uniformiza el lenguaje, todo en nombre de una ética de la sensibilidad que excluye toda forma de cuestionamiento.
El Leviatán ya no ruge: sonríe
El Leviatán del siglo XXI ya no impone el miedo: ofrece pertenencia, visibilidad y validación emocional. No amenaza con castigos, sino con la desaparición simbólica. Ya no obliga: seduce con recompensas sutiles, con inclusión algorítmica, con la promesa de ser parte… siempre que uno repita el relato dominante sin cuestionarlo.
“El mejor prisionero es el que cree estar en libertad. La dictadura ideal es aquella en la que nadie desea rebelarse porque cree que está siendo protegido.”
Hoy el control no se ejerce sobre el cuerpo, sino sobre la conciencia. No se limita lo que uno hace: se dirige lo que uno piensa y, sobre todo, lo que uno se atreve a decir. Esa es la forma más eficaz — y peligrosa — de dominación: la que instala sus límites en el fuero íntimo, disfrazada de virtud y sensibilidad.
El Leviatán no aterra. Nos sonríe desde las pantallas, nos premia con likes, nos recompensa con visibilidad si obedecemos las nuevas normas morales. Es el Estado, pero también el algoritmo. Es la escuela, pero también la plataforma. Es la agenda ecológica, pero también la ingeniería simbólica. Todo opera bajo la bandera de un bien superior que no se debate: se acata.
Onfray no propone volver atrás, ni idealiza un pasado que también conoció sus monstruos. Lo que reclama — y yo también — es el derecho a pensar sin ser reducido a una etiqueta, a disentir sin ser cancelado, a recuperar una tradición ilustrada donde la libertad no consista en repetir lo que dicen los medios, sino en buscar el sentido más allá de lo evidente.
Pensar libremente, en este contexto, es un acto de resistencia. Y esa resistencia — silenciosa pero consciente — es quizás la última frontera de lo humano ante el avance del posthumanismo sonriente.
Conclusión: pensar es resistir
Vivimos en una época en la que el pensamiento ha sido desplazado por el posicionamiento, y la reflexión por la reacción. En ese clima, voces como la de Michel Onfray — y advertencias como las de George Orwell — no llaman al escándalo ni a la nostalgia, sino a algo mucho más difícil: la lucidez.
La tesis de Onfray incomoda no por radical, sino por verdadera. Incomoda porque expone cómo la corrección política, cuando se convierte en ortodoxia moral, erosiona las condiciones mismas de la libertad. Y lo hace sin necesidad de represión: basta con algoritmos, pedagogía emocional y sanción social.
Recuperar el pensamiento crítico ya no es una tarea reservada a las aulas ni a los círculos intelectuales. Es una urgencia cultural. Porque si el Leviatán ha dejado de reprimir, es porque ha aprendido a seducir; y si ya no impone el silencio, es porque ha logrado instalar la autocensura como virtud.
No se trata de rechazar el progreso, sino de impedir que se transforme en dogma. De rehabilitar el juicio, la palabra con densidad, la búsqueda del sentido más allá de lo evidente. Porque si el horizonte que se nos ofrece es posthumano, entonces recordar lo humano — con sus límites, su historia, su cuerpo, su imperfección — es un acto de resistencia ética, política y filosófica.
“Quien controla el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado, controla el futuro.” — George Orwell
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📚 Seguimos pensando juntos Si este artículo resonó contigo, te invito a seguir explorando estas reflexiones. Porque aún hay mucho por decir… y mucho por leer.
✍️ Jesús Rodríguez |Conectando Perspectivas para el Futuro. Navegando las grandes preguntas de nuestro tiempo.
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