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No abras ese cajón

Sobre las casas que mostramos y los rincones donde seguimos siendo nosotros.

Antonella Carelli · 2026-08-13 14:39 · 250 claps · 3.2 min read
#cultura #reflexiones #filosofia #sociedad #psicologia
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No abras ese cajón

Sobre las casas que mostramos y los rincones donde seguimos siendo nosotros.

Fotografía propia.

Fotografía propia.

Erving Goffman tenía una idea bastante particular sobre la sociedad: todos tenemos un escenario y un backstage.

El escenario es donde sabemos que nos están mirando. El backstage es donde finalmente podemos respirar, sacarnos los zapatos y dejar de hacer de cuenta que sabemos exactamente lo que estamos haciendo.

El problema es que ahora decidimos llevar el escenario directamente al backstage.

Nuestras casas ya no son solamente el lugar donde vivimos. También forman parte de la imagen que queremos proyectar. El living tiene que parecer espontáneo, pero no demasiado espontáneo. La cama puede verse deshecha, siempre y cuando sea una cama deshecha de una manera estéticamente aceptable. Una taza de café puede aparecer en una foto, pero idealmente acompañada de una libreta y una lapicera que no importa demasiado si funciona.

Y esta misma lógica se traslada a la propia vida.

Una tarde sin hacer nada necesita convertirse en “una pausa necesaria”. Un hobby necesita transformarse en una pasión desmedida para justificar el tiempo que le dedicamos. Una visita inesperada produce, misteriosamente, una limpieza a contrarreloj y el misterioso talento de hacer desaparecer todo detrás de un mueble donde nadie va a mirar.

Terminamos decorando la casa un poco como nos decoramos a nosotros mismos: tratando de dar la impresión de que nuestra vida es más ordenada, más interesante y más linda de lo que probablemente es.

Pero las casas son pésimas actrices.

El jueves pasado entré al departamento de un conocido. Sus tazas de cerámica artesanal estaban organizadas de mayor a menor. El sillón de bouclé blanco no tenía ni una sola arruga. La máscara estaba tan bien puesta que todo parecía renderizado: demasiado perfecto para que alguien viviera ahí. Hasta que le pedí un vaso de agua y abrió la heladera. En el segundo estante, camuflado atrás de dos yogures griegos, había dejado un Serenito por la mitad.

Ese envase era una falla en la puesta en escena. El punto donde el personaje que armamos para salir a la calle se encuentra con la persona que queda cuando nadie nos está mirando.

Cuando el día a día se nos va un poco de las manos — un proyecto que fracasa, un amor que se termina — , nuestro entorno se convierte en el último lugar donde todavía podemos ejercer algún control. Si no podemos ordenar lo que sentimos, por lo menos podemos ordenar las cápsulas de café. Si no podemos decidir qué va a pasar mañana, como mínimo podemos decidir dónde poner la tostadora.

Alinear los frascos en la mesada poco tiene que ver con la prolijidad. A veces es simplemente una manera de decirle a la cabeza: «Por favor, ocupémonos de esto antes de ocuparnos de todo lo demás».

Y después está ese cajón.

El lugar donde van a parar tickets de hace tres años, el cable de un teléfono que ya ni existe y dos monedas que dejaron de circular hace una década. El cajón se convierte en ese limbo donde tiramos todo lo que todavía no estamos listos para decidir.

«Más tarde me encargo», decimos.

Y qué peligrosa puede ser esa frase.

Porque «más tarde» no es una hora. Es un lugar. Y algunos asuntos pueden quedarse ahí durante años.

En vez de aprender a convivir con esas pequeñas grietas de la vida cotidiana, preferimos esconderlas. Quizás por eso la filosofía japonesa del wabi-sabi — esa idea de encontrar belleza en lo imperfecto, lo incompleto y en aquello que inevitablemente se desgasta — nos resulta tan ajena hoy. Pasamos tanto tiempo intentando que nuestras vidas parezcan resueltas que cualquier señal de que todavía las estamos armando empieza a parecernos un defecto.

Una cocina impecable a las dos de la mañana no necesariamente transmite calma. A veces simplemente dice que nadie cocinó.

En cambio, un vaso olvidado sobre la mesa de luz puede contar una historia entera. Alguien estuvo despierto, leyó hasta tarde, habló por teléfono o simplemente perdió la noción del tiempo.

Ese vaso no está decorando la habitación. Está contando que alguien estuvo ahí.

Y quizás eso sea lo que más nos cuesta aceptar: que una casa verdaderamente habitada no debería parecer una foto. Debería parecer una casa.

Debería estar hecha de esas pequeñas señales: una taza con el borde saltado que seguimos usando porque fue un regalo, o una pared con una marca que ya ni registramos, aunque siga ahí.

Al final, permitirse cierta cuota de desorden es un alivio necesario. Después de todo, el personaje que construimos para afuera también se cansa y, en algún lugar, necesita poder sacarse los zapatos.

💡 ¿Preferís leerlo en inglés? Hacé clic acá.


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