Como un tsunami
Ha pasado ya un año, mamá, desde tu partida. ¿Cómo decirte cuánta falta nos has hecho? ¿Cómo explicarte el terremoto que cimbró nuestra…
Como un tsunami

“La gran ola de Kanagawa” Katsushika Hokusai
Ha pasado ya un año, mamá, desde tu partida. ¿Cómo decirte cuánta falta nos has hecho? ¿Cómo explicarte el terremoto que cimbró nuestra vida desde esa tarde? Te extraño, mamita preciosa, te extrañamos muchísimo. Tantas cosas han pasado, y a la vez, el tiempo se hizo líquido, inasequible, pasó a una velocidad tremenda. Como si fuera una señal, un día, unas horas después de la fecha que nos marcó a todos en la familia, hubo un accidente con una pecera gigante en Alemania. El AquaDom era el mayor acuario cilíndrico del mundo, se encontraba en Berlín, dentro del hotel Radisson Collection. Era enorme, mamá, medía más de seis pisos, 16 metros de altura, estaba en el lobby del edificio e incluso había un elevador ubicado al centro, por lo que el subir a tu habitación era como hacer un viaje submarino. Fueron un millón y medio de litros de agua salada que escaparon como tsunami llevándose pedazos de cristal, mobiliario del primer piso y a los 1,500 peces que lo habitaban. Tal vez te hubiera hecho un poco de gracia, si estuvieras conmigo conversando como solíamos hacerlo en la cocina una o dos veces por semana, y estaríamos comentando la nota mientras te platico cómo les ha ido a tus nietos en la escuela, o te pido consejo, o te hablo del último cliente que nos causó un disgusto. Seguramente recordaríamos juntos el tiempo en que el sistema de peceras marinas del acuario, nuestro negocio, tenía una falla y, de vez en cuando, se desbordaba. ¿Recuerdas lo tedioso que era trapear agua salada? O tal vez hablaríamos cuando, al recién habernos cambiado al local de Plaza Arboledas, vendimos una pecera de 2.44 metros, le dimos al cliente el servicio de prepararla en su casa para que también fuera marina y, a los pocos días, el marco cedió a la presión (al parecer porque pusieron un equipo de sonido justo debajo) y el cristal frontal se separó. Yo no fui a esa casa, pero recuerdo a papá contándonos de cómo el agua se desbordó en la sala en desnivel y la alfombra quedó anegada, del vidrio que estaba intacto (era de 12 mm de cristal templado) y había quebrado una mesa en su trayectoria, de la negociación que hizo para evitar una demanda, de cómo, después de todo, el cliente siguió con nosotros. La pecera aún sigue en el negocio, se pudo reconstruir y es un constante recordatorio del cuidado que debemos tener al hacer una venta, y de toda la responsabilidad que implica. En la nota hablan de que la gran mayoría de los peces murió, que la ciudad amaneció a menos seis grados y, entre el frío, la falta de oxígeno, y el tiempo que tardaron los cuerpos de rescate, ya poco podía hacerse. Nos recordaría a la vez en que me explotó una bolsa enorme con más de cincuenta cebras mientras la inflaba con oxígeno, de cómo nos pusimos a recoger uno por uno para ponerlos a medicar, mientras mi hermano volvía a agarrar los que quería el cliente. Yo incluso te hubiera comentado, mamá, de cómo fue milagroso que solo hubiera dos heridos, recordando la vez que, por estar corriendo con mis hermanos en el patio de nuestra abuela, donde mi papá armaba las peceras, me caí sobre una pila de ellas. Aún sigue vívida en mi mente la imagen de mi brazo abierto en canal, los vidrios encajados en la carne suave y rosa que, ahora sé, era mi musculo, que la sangre brotaba sin detenerse, que corrimos a hablarte mientras dejaba un rastro carmesí, que por unos minutos tuve más miedo al regaño de papá que al dolor. La cicatriz sigue ahí en mi brazo, cada vez más pequeña, pero intacta.
Tal vez solo así pudiera explicarte la ausencia que nos quedó con tu partida, como un tsunami en nuestras almas, como un millón y medio de litros de agua desbordados, llevándose todo a su paso. Aún estamos muy tristes, mamá. Yo he procurado ser fuerte. A los mayores nos toca ser ejemplo y cuidar a los más pequeños, recuerdo que me dijiste una vez, hablando más de tu propia experiencia cuando se fue mi abuela, cuando mis dos tíos mayores que tú, junto contigo y mi tía, apenas un año menor, se encargaron de los más chicos. Si hoy pudiera repetir esas charlas contigo en la cocina, mamá, mientras yo tomo un café y tú te fumas un par de cigarros, te hablaría de cuánto están procurando sanar, pero también de cuánto te han extrañado. Y probablemente te diría apenado que yo apenas he llorado en estos trecientos sesenta y cinco días, pero te aseguraría que la medida de mis lágrimas no es proporcional a cuánto te amaba. En la familia aprendimos a pensar en términos de peceras más que de litros, entonces, tal vez te diría que te he llorado una de quince centímetros, o una esférica de la medida ocho, que en ellas apenas podría habitar un betta. La existencia y el destino de nuestra familia siempre ha estado unida al agua. Seguro sonreirías con mi ocurrencia, siempre me decías que desde niño usaba las palabras más extrañas, o, en el momento más inadecuado, pronunciaba la frase más incorrecta posible. Casi nada ha cambiado a ese respecto, mamá, aunque debo confesar que en este año me he vuelto un poco más silencioso, me faltan tus risas, tu alegría. Te contaría de los proyectos que se vinieron abajo, de los amigos que perdí, de las traiciones y enojos, pero también de aquellos que me demostraron más que nunca su cariño, de los que siempre estuvieron allí, de los amigos nuevos que me han infundido ánimos o de los libros por escribir que todavía tengo en la cabeza. Y sé que me escucharías paciente, aunque no me entendieras nada, aunque para ti ese mundo siempre fue algo ajeno. También te confesaría, con tristeza, que tengo un año queriendo avanzar una novela que hable sobre el duelo, sobre lo que nos dejaste, y que sencillamente, no he podido. Redacto páginas, hago diagramas, describo personajes, la he pensado y repensado, borrado y vuelto a empezar. Tal vez aún no es tiempo, tal vez debo dejar esa historia. Pero no puedo quitármela de la cabeza, y no es que tenga miedo a la página en blanco, mamá, sino a que mis palabras al final lastimen a los que amo, a que abra de nuevo heridas apenas sanando, o incluso peor, a que, al igual que esa pecera en Berlín, se desborde el abismo que me habita y me sea imposible contenerlo. Yo sé que de estar conmigo me dirías que respire lentamente como cuando, de niño, tenía migraña, y que encontraré la solución. Me recordarías que yo siempre encuentro la solución.
El tsunami aún no termina, todavía estamos reconstruyendo el desastre, pero cada vez estamos más sanos y aprendiendo a vivir con tu ausencia. La cicatriz es enorme, mamá, pero con el tiempo se volverá más tenue, parte de nuestra historia. Te extrañamos tanto, mamá, y sin embargo sé que tú serías la primera en decirnos que no estemos tristes. Siempre nos enseñaste a sonreír aun en el peor de los momentos, a mantenernos fuertes aun en la situación más cruda, a sostener a los que amamos cuando parece que el piso se tambalea. Desde niños nos decías que tu nombre significa “alegría”, y lo confirmabas todos los días. Así quiero recordarte, con tu cigarro en la mano, escuchándome y aconsejándome, pero sobre todo, que no se borre de mi mente la sensación de tu abrazo ni la forma en que nos infundías esa alegría con tu sonrisa.
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- 2026-07-26 08:49:52