Pensar entre sombras y páginas: memoria, cine y el arte de ensayar
Pensar entre sombras y páginas: memoria, cine y el arte de ensayar

Ayer pude estar en un conversatorio sobre libros y literatura con Daniela Gómez, Laura Mora y Pablo Mora en la Librería de la Pascasia. Más que una conversación, fue una forma de volver a entrar en un espacio pasado de atención. El encuentro abrió una puerta inesperada hacia mi infancia. De pronto regresé a la gran biblioteca de mi padre, a su colección desbordada de discos, a esas sillas redondas rojas de fibra de vidrio con un olor persistente a plástico. Aparecieron las pipas, el tabaco, los ceniceros de bronce, y mi imaginación de niño moviéndose entre libros, enciclopedias y viejas revistas de Life. La conversación activó mi memoria sensorial que permanecía intacta, como si hubiera estado aguardando el momento justo para volver a respirarla y aprender, otra vez, a quedarme ahí.

Imagen: La biblioteca de mi padre en los 80s (Medellín)
Ese desplazamiento hacia atrás también me condujo a otros tiempos, con una intensidad táctil. Volvieron los años de estudio y trabajo en cine, luego en televisión, y más tarde la decisión — todavía abierta a interrogantes — de soltar esa línea de vida al llegar a Colombia. En ese regreso aparecieron conversaciones largas, extendidas y profundas, sostenidas en pasillos, cafés y teatros, diálogos donde el tiempo parecía dilatarse. Recuerdo intercambios con Theo Angelopoulos, Emir Kusturica, Joseph Torrell, José Juan Bigas Luna, Carlos Saura, Brian Yuzna, Peter Greenaway, Carlos Parra, Marc Ruiz y el legendario Takuro Takeuchi, años donde hablar de cine implicaba hablar del mundo, de la historia, del cuerpo y de la mirada.

Imagen: Barcelona (1998)
Los teatros Verdi funcionaban como un punto de gravedad: salas oscuras donde las conversaciones se mezclaban con imágenes todavía vibrando en la retina. Esos recuerdos traían consigo el olor químico de la fotografía analógica, los cuartos oscuros, los reveladores y fijadores, los negativos colgando como futuras promesas de sentido, el papel que lentamente dejaba aparecer una imagen. El gesto técnico y la espera formaban parte del pensamiento. Mirar, entonces, exigía paciencia, atención y una relación artesanal con el tiempo.

Imagen: Mi cuarto oscuro en 1996 (Gotenburgo)
Décadas de oficio, de lenguaje audiovisual, de equipos, rodajes y salas de edición reaparecieron así como un carrusel de recuerdos sereno y luminoso. Libros, arte, cine y filosofía se entrelazaban como partes de una misma educación sentimental e intelectual, una formación que ocurrió tanto en las aulas como en los márgenes, tanto en la técnica como en la contemplación, y que sigue sosteniendo mi manera de pensar, de mirar y de escribir.
En medio de ese recorrido, la conversación adquirió una densidad particular: todo lo que se dijo sobre el ensayo. Escuchar a Daniela, Laura y a Pablo hablar de ese género resultó una experiencia singular e íntima. La sensación fue la de encontrar a personas que, de algún modo, también caminaron senderos cercanos al mío. Las trayectorias tomaron formas distintas, los destinos se desplegaron diferentes, aunque los aprendizajes resonaban con una familiaridad profunda. El ensayo apareció allí como un espacio compartido, un territorio donde pensar se vuelve una práctica viva, situada, atravesada por la experiencia.
A partir de esa escucha fue evidente la relación estrecha entre ensayo y memoria. Ensayar implica volver sobre lo vivido, reorganizarlo, interrogarlo desde el presente. Cada ensayo recoge fragmentos dispersos — lecturas, imágenes, decisiones, abandonos — y los dispone de una forma que permite comprender algo más, aun cuando esa comprensión conserve apertura. En ese gesto, el ensayo se asemeja a una conversación larga, de esas que atraviesan el tiempo y acompañan más de lo que clausuran.
El conversatorio también mostró al ensayo como un puente entre disciplinas. Cine, literatura, filosofía y vida cotidiana dialogan sin jerarquías explícitas, y en ese cruce apareció una preocupación insistente por el origen de las ideas y de las formas. Esa deriva me condujo a mi propia exploración de la escolástica, a la búsqueda de las raíces místicas de los conceptos, a ese punto inicial donde una intuición aparece y nos posee sin anuncio previo y reclama atención. El ensayo se reveló entonces como un espacio donde la vocación se manifiesta de manera silenciosa: algo llama, algo pide ser fijado en palabras, aun cuando a nadie más parezca importarle. En esa acción de escribir, el pensamiento circula con libertad, cuida el lenguaje, respeta la complejidad y mantiene una cercanía hospitalaria con quien lee. El ensayista comparte su proceso mental, expone dudas, reconoce giros, afina sus intuiciones. Esa combinación de honestidad y apertura sostiene su fuerza, y confirma que atender a lo que insiste constituye, para algunos, una forma profunda de fidelidad a su pensamiento y a sí mismos.
Desde ahí, escribir un ensayo se presiente como una manera particular de pensar en voz alta. A diferencia de otros textos, el ensayo surge cuando una pregunta todavía duele y respira, cuando una idea conserva bordes móviles y el autor acepta habitar esa incomodidad sin apresurar un cierre. Un ensayo aparece como una caminata: se avanza con una dirección tentativa, se observa el paisaje conceptual, se duda, se regresa, se elige otro sendero. En esa práctica, la escritura deja de ser una exhibición y se convierte en un ejercicio de atención.
El ensayo comienza antes de rayar la página. Empieza en la forma como una inquietud insiste. Algo leído, vivido o escuchado genera una fricción interior. Esa fricción busca lenguaje. El ensayo surge cuando el autor decide acompañarla con palabras, sin forzar conclusiones inmediatas. Por eso guarda parentesco con la conversación honesta, como la de ayer: quien escribe ensaya una forma de decir, tantea matices, afina conceptos, reconoce tensiones. Pensar, aquí, significa sostener una pregunta el tiempo suficiente para que muestre sus pliegues.
Escribir consiste en ordenar una experiencia del mundo, tanto intelectual como sensible. El ensayo permite cruzar conceptos con escenas, teoría con memoria, argumento con imagen. En ese cruce aparece su potencial. El pensamiento gana cuerpo, ritmo y respiración. El lector percibe que alguien piensa con él, cerca, sin distancia, ni arrogancia. Esa cercanía produce claridad, aun cuando el tema conserve su densidad.
Todo ensayo se construye desde una voz. Esa voz surge de una posición dada: una historia, una época, una sensibilidad. Asumir la propia mirada fortalece el argumento y le da espesor. El ensayo ofrece una verdad provisional, una forma honesta de decir “así se ve desde aquí”. Esa afirmación invita al lector a contrastar, dialogar, continuar el pensamiento por su cuenta.
La estructura del ensayo responde al movimiento de la idea. A veces avanza en espiral, otras en capas, otras mediante pequeñas actos de iluminación sucesiva, como si el ensayista fuera una luciernaga. Cada párrafo cumple una función: ampliar, profundizar, matizar, tensionar, iluminar. El ensayo logrado cuida las transiciones entre ideas, como quien cruza un río sobre piedras bien dispuestas. El lector avanza con fluidez, incluso cuando el terreno conceptual exige atención y cuidado.
El lenguaje ensayístico privilegia la precisión con flexibilidad. Busca palabras potentes, imágenes justas, frases que corten la indiferencia. La claridad se vuelve ética: quien escribe cuida el tiempo y la inteligencia de quien lee. La complejidad permanece, expresada con una elegancia accesible. El ensayo muestra que pensar profundo y escribir claro habitan el mismo territorio.
Escribir un ensayo también transforma a quien lo escribe, como lo afirmaba Pablo. Cada texto reorganiza la mirada, desplaza certezas, afina intuiciones. Al finalizar, el autor suele descubrir que piensa distinto a como comenzó. Esa transformación constituye el logro de explorar. El ensayo funciona como un laboratorio de conciencia: allí se prueba una idea, una forma de estar en el mundo, una manera de nombrar lo que importa.

Imagen: Barcelona (1999)
Al salir de la Pascasia quedé rumiando una reflexión persistente, todavía atravesada por la conversación con Daniela, Laura y Pablo. Ese encuentro tuvo la forma de un regalo bonito: la posibilidad de recordar aquello que a veces queda atrapado en los sedimentos del tiempo y la memoria, aguardando una ocasión propicia para volver a la superficie. Escribir ensayos siempre implicó, para mí, una manera de permanecer fiel a ese niño que exploraba bibliotecas ajenas y propias, que escuchaba discos mientras hojeaba revistas, que aprendía a mirar el mundo con una curiosidad paciente y una atención devocional. Por eso, desde mi encuentro con la filosofía, escribo cada día. Dejo que la escritura se alimente de lo que viví, de lo que sentí, de lo que pensé entonces y de lo que sigo pensando, de aquello que me inquieta y de lo que deseo comprender mejor.
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