“El día en que salí de casa”
“El día en que salí de casa”

Imagen creada por IA
Las calles del pueblo ya no estaban. Se esfumaron en un par de semanas. Las lluvias hicieron lo suyo; ayudaron al río a crecer más de la cuenta. Y por esto, muchas personas cargaron con el peso de la pena y la angustia por dejar sus hogares, cubiertos por el agua marrón.
El paisaje no era tan desolador en la ciudad inundada; Las flores de los camalotes que surcaban por los techos de zinc, pintaban un cuadro bellísimo.
Y yo estaba con él, con mi abuelo. Recorriendo por los cauces del pequeño pueblo abandonado. Yo casi no entendía la magnitud del fenómeno. Estaba hipnotizado por la inocencia de la infancia. Me quedaba observando todo por primera vez. Haciendo preguntas tontas, que solo él sabía responderlas de la manera más paciente posible.
De pronto, no se me ocurrió otra cosa mejor que agarrar la guitarra, la vieja guitarra escondida en la esquina de la casa de abuela; aquella que iba a ser víctima del olvido si es que abuelo no la recogía al salir hace unas semanas, cuando las aguas tomaron el control de todo lo que cabía en el espectro visual.
No tocaba muy bien aún. Solo recordaba los acordes básicos de aquella canción que papá me había enseñado. Su hijo, con quien no sé qué clase de conexión haya tenido. Solo sabía que, abuelo y yo, éramos un equipo invencible cuando nos medíamos a papá.
Creo firmemente que los abuelos y los nietos se llevan tan bien porque tienen un enemigo en común.
Entonces, mientras abuelo remaba, yo cantaba. De la madera agrietada de la guitarra salían los sonidos desafinados de aquella canción en portugués que tanto le gustaba.
“No dia em que eu saí de casa minha mãe me disse: Filho, vem cá!”
Y empecé a cantar. No lo había visto sonreir de esa manera nunca antes. En sus ojos yo podía ver mi silueta, con el fondo de los algarrobos inundados detrás de mí, la guitarra vieja casi cubriendo mi pequeño cuerpo por completo, y mis venas del cuello saltando por el esfuerzo de la canción.
Pero también, por primera vez, pude observar la sonrisa de mi abuelo a través de su mirada. Su propia mirada me sonreía.
Era difícil verlo sonreír. No estaba acostumbrado a hacerlo. Demostraba su felicidad con otros gestos, no necesariamente con la sonrisa.
Eso me conmovió. Desde ese instante, canté con más fuerza; de modo a que el sonido de mi voz y esa canción recorran por el agua de las calles del pueblito. Y así, nunca antes había disfrutado tanto cantar una canción en su compañía.
Alzo la mirada al cielo amarillento que despedía al día en el atardecer, como una acción de agradecimiento. Me seco las tímidas lágrimas de felicidad que recorrieron por mi rostro. Cerré mis ojos, y cuando los abrí, me había dado cuenta que despertaba de uno de los sueños más lindos que pude tener en el año.
Mi primer sueño con abuelo. Lo disfruté mucho viéndolo disfrutar de la canción. Como la última vez que nos vimos aquel 1 de abril, hace poco más de tres años.
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