El Estado Liminal : Biológico
La palabra Liminal viene del latín limen, que significa “umbral”.
El Estado Liminal : Biológico
La palabra Liminal viene del latín limen, que significa “umbral”.
Una de las primeras fuentes que hablan sobre este termino es la del antropólogo Arnold van Gennep, en su libro “Les Rites de Passage” (1909), donde describe los rituales que marcan el paso de una etapa de la vida a otra (como nacimiento, iniciación, matrimonio, muerte). Van Gennep dividió estos rituales en tres fases:
- Separación
- Liminalidad
- Reincorporación
Más adelante, el antropólogo Victor Turner (1967) amplió el concepto de liminalidad. Para Turner, el estado liminal era una etapa poderosa y potencialmente subversiva en la que las normas sociales se suspenden y los individuos pueden transformarse.
Turner establece que la liminidad no solo es una fase intermedia en los ritos de paso, si no que tambien es un estado existencial y transformador en sí mismo para el individuo. En sus propias palabras, el individuo liminal es como “ni esto ni aquello, pero ambos a la vez”.
Este estado es algo que TODOS los seres humanos pasamos sin importar raza, etnicidad, género, nacionalidad o creencias, atraviesan estados liminales biológicos que marcan transiciones profundas en el cuerpo y la identidad.
Antes de comenzar a ver las etapas, es de suma importancia reconocer que estas etapas no aplican de forma rígida o idéntica a todos los seres humanos a la misma vez si reflejan patrones comunes que atraviesa la mayoría. Nada de lo aquí descrito está escrito en piedra; todo es maleable. Sin embargo, ofrecer una estructura nos permite comprender y asimilar conceptos complejos.
Este escrito busca presentar el concepto complejo de la liminalidad de manera accesible, para que pueda ser traído a la conciencia y así reconocer lo que realmente está ocurriendo en cada una de las etapas de la vida. Más allá de llamarlas simplemente “crisis existenciales” o “edades difíciles”, se trata de llamar las cosas por lo que realmente son: momentos de profunda transición.
Nada de lo aquí expuesto es una regla fija, ni pretende encasillar a nadie. Por el contrario, estas descripciones ofrecen un mapa orientativo que cada persona puede usar como punto de partida para reflexionar, interpretar desde su propia vivencia y adaptar libremente a su manera única de habitar la vida.
Comencemos…
Nacimiento
Se deja de ser un ser unido al cuerpo materno, en un entorno cálido, constante, sin hambre ni esfuerzo.
Se empieza a ser un ser independiente, con su propia respiración, hambre, temperatura y estímulos externos.
Aunque no hay memoria consciente, el cuerpo experimenta una revolución total. Es un choque: frío, luz, hambre, llanto. Un salto de la fusión al comienzo de la individualidad.
Primera infancia (0–6 años)
Se deja de ser un bebé completamente dependiente, sin lenguaje ni sentido del “yo”.
Se empieza a ser una persona en formación que empieza a hablar, moverse sola y reconocerse como un ser distinto de los demás.
El mundo se siente inmenso, curioso, a veces amenazante. Aparece el miedo a la separación, la necesidad de explorar pero también de volver al refugio.
Niñez (6–11 años)
Se deja de ser un niño centrado solo en su mundo interno y familiar.
Se empieza a ser alguien que entiende reglas, busca pertenecer, quiere hacer las cosas bien y sentirse capaz.
Surge orgullo por los logros, pero también inseguridad. Comienza la comparación y el amor propio se vincula al rendimiento o la aprobación externa.
Adolescencia (12–18 años)
Se deja de ser un niño con un rol claro, dirigido por adultos.
Se empieza a ser un individuo que forma su identidad, toma decisiones, y vive un cuerpo que cambia rápidamente.
Se siente confuso, intenso y contradictorio. La mente cuestiona todo. Se puede experimentar soledad, invisibilidad o euforia por descubrirse.
Juventud (18–25 años)
Se deja de ser un adolescente protegido y dependiente.
Se empieza a ser un adulto en construcción, con responsabilidades reales y decisiones que definen el rumbo vital.
Esta etapa se siente como estar en tierra de nadie. Hay libertad, pero también miedo. Surgen presiones internas y externas por tener certezas.
25–30 años: el inicio del yo adulto
Se deja de ser un joven que explora sin muchas consecuencias.
Se empieza a ser un adulto que busca estabilidad: carrera, vínculos, independencia económica.
Se siente como una afirmación frágil. Hay entusiasmo, pero también inseguridad y necesidad de validación.
30–40 años: construcción y contraste
Se deja de ser un adulto en prueba.
Se empieza a ser alguien que sostiene estructuras: familia, trabajo, hogar.
Se puede sentir estabilidad, pero también una primera crisis de sentido: “¿Esto es todo?” Aparece deseo de autenticidad y miedo al cambio.
40–50 años: la gran reevaluación
Se deja de ser alguien enfocado solo en logros externos.
Se empieza a ser una persona que busca coherencia interior, propósito real, paz.
Esta etapa se siente como una segunda adolescencia. Se cuestiona todo: trabajo, pareja, elecciones. Puede ser tiempo de reinvención o de estancamiento.
50–60 años: integración y legado
Se deja de ser el adulto en el pico de productividad.
Se empieza a ser alguien que acompaña, transmite y vive con más introspección.
Se siente una mezcla de calma, pérdida y claridad. Hay urgencia por vivir con sentido y valorar lo esencial.
60–70 años: contemplación y adaptación
Se deja de ser el adulto con protagonismo central en el sistema productivo.
Se empieza a ser alguien que observa, reflexiona y redefine su rol desde el retiro o la semiactividad.
Puede sentirse como un alivio o como una pérdida de relevancia. Surgen ajustes en identidad y estilo de vida.
70–80 años: sabiduría y vulnerabilidad
Se deja de ser quien actúa constantemente.
Se empieza a ser un guardián de memorias, un símbolo de historia y experiencia.
Se siente el cuerpo más frágil. Aparecen más límites, pero también momentos de gratitud, ternura y presencia.
80–90 años: presencia silenciosa
Se deja de ser alguien involucrado activamente en lo externo.
Se empieza a ser alguien que permanece, cuya existencia por sí sola representa continuidad y amor.
Se vive con lentitud. La lucidez puede variar. Hay serenidad, dependencia, o una conexión profunda con lo esencial.
90–100 años: longevidad consciente o frágil
Se deja de ser una figura cotidiana para muchos.
Se empieza a ser un testigo viviente del paso del tiempo.
Esta etapa puede sentirse como una bendición o un reto. El cuerpo pide descanso. La memoria puede jugar con el pasado. Aparece el deseo de cerrar ciclos.
100–110 años: el umbral extendido
Se deja de ser parte del promedio humano.
Se empieza a ser un símbolo de rareza biológica y genética.
El mundo interno puede sentirse lejano o luminoso. Esta etapa invita a contemplar lo vivido, con poca energía para sostener el día a día.
110–122 años: el extremo humano documentado
Se deja de ser todo lo común.
Se empieza a ser una excepción humana. Jeanne Calment, la persona más longeva registrada, vivió 122 años.
A esta edad, la existencia misma es un acto liminal constante, entre la vida prolongada y la inminencia de la muerte.
Muerte
Se deja de ser un cuerpo activo, una identidad definida, un yo con historia.
Se empieza a ser lo que venga después: disolución, trascendencia o fin, según cada creencia.
Puede sentirse como entrega, miedo o paz. El cuerpo suelta, la conciencia cambia. Es el umbral final, profundo y misterioso.

Este recorrido por los estados liminales de la vida humana no está basado en una generación específica, sino en la experiencia universal del cambio y la transformación. No importa si naciste en los años 40 o en los 2000: estas transiciones hablan de lo que ocurre dentro del cuerpo, la mente y el alma cuando dejamos de ser una versión de nosotros mismos para convertirnos en otra.
Aunque el contenido está organizado por edades para facilitar la comprensión y dar coherencia al texto, como ya se ha mencionado, no se trata de una regla fija. Lo que una persona vive a los 60, otra puede atravesarlo a los 15, 20, 30 o la edad que biológicamente asi su vida determine. La cuestión no es cuándo sucede, sino que sucede. Tarde o temprano, de una forma u otra, estas etapas llegan. Y cada ser humano las atraviesa desde su realidad, su historia y su forma única de sentir y significar la vida.
Mientras que las generaciones se definen por los contextos históricos que les tocó vivir, este escrito se basa en los ritmos internos que atraviesa todo ser humano: el crecimiento físico, las crisis de identidad, los momentos de reinvención, las pérdidas inevitables y los umbrales existenciales. Son experiencias moldeadas por la biología, la psicología, la cultura y, sobre todo, por el proceso de vivir.
Cada etapa aquí descrita es una invitación a detenernos, a mirar con más claridad lo que estamos dejando atrás y lo que estamos empezando a ser. No como una regla ni una camisa de fuerza, sino como un mapa que puede ayudarnos a transitar lo incierto con más conciencia.
Porque, aunque el camino no es igual para todos, la transformación es parte del viaje humano. Y reconocerla, y habitarla puede ser, en sí mismo, un acto de LIBERTAD.
Referencia:
- Van Gennep, A. (1909). Les Rites de Passage. Paris: Émile Nourry.(Traducido al inglés en 1960 como The Rites of Passage por M.B. Vizedom y G.L. Caffee, University of Chicago Press).
- Turner, V. (1967). The Forest of Symbols: Aspects of Ndembu Ritual. Cornell University Press.
메타데이터
- post_id
- fea9bddbb99c
- slug
- el-estado-liminal-biológico-fea9bddbb99c
- url
- https://medium.com/@ENEUE/el-estado-liminal-biol%C3%B3gico-fea9bddbb99c
- canonical_url
- https://medium.com/@ENEUE/el-estado-liminal-biol%C3%B3gico-fea9bddbb99c
- author_url
- https://medium.com/@ENEUE
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-07-19 01:25:31