← Back to list

PLATOS TÍPICOS DE RUMANÍA

Exactamente como le digo: mi familia vivió en estas montañas desde antes de que lo turcos llegasen aquí. Vinieron exiliados del mar negro…

Eira Briel in Historias en español · 2015-08-12 15:19 · 1 claps · 7.6 min read
#vampiros #cuento #español #rumanía
Open on Medium ↗
Wiki topics: PHI · Philosophy

PLATOS TÍPICOS DE RUMANÍA

Exactamente como le digo: mi familia vivió en estas montañas desde antes de que lo turcos llegasen aquí. Vinieron exiliados del mar negro, empujados por los otomanos. Aquí se instalaron en una construcción de piedra a la espalda de las montañas, exactamente la misma casa en la que vivo hasta hoy. Sí, la parte nueva de madera la construí después y el baño me lo instalaron los comunistas.

¿Quiere usted beber algo? Perdóneme, a lo que vamos. Tenía yo sólo veinte años y conocía esto como nadie, acostumbrado a llevar las cabras desde las llanuras del Arges hasta el lago de hielo, el que llaman Balea, y cuando los comunistas decidieron construir la carretera me ofrecieron comida y dinero a cambio de que les guiase por los caminos tortuosos de las montañas en el invierno. Yo y mis cabras. Si usted supiese lo ingenuos que eran aquellos chavales, unos niñatos soldados convertidos en mano de obra barata por el gobierno de Ceausescu. ¿Ha dicho usted que era escritor?

A los hechos, bueno, aquí se instalaron con sus tractores y tiendas de campaña, más de cuatrocientos hombres del ejército, entre soldados rasos y oficiales. Como usted sabrá, Ceausescu se había opuesto a la invasión soviética de Checoslovaquia y tenía miedo que el próximo país invadido fuera Rumania, así que su idea fue construir una carretera que cruzase las montañas Fágaras y utilizar los Cárpatos como una fortaleza natural contra los tanques soviéticos. Para cruzar de Valaquia a Transilvania, tendrían que utilizar el túnel, lo que haría de ellos una presa fácil para el ejército rumano. Nunca llegarían a Bucarest, los cabrones.

Durante tres meses no hicieron nada, estuvieron midiendo, sumando, lo que se dice estudiar el terreno, ¿sabe usted qué cuesta preparar una obra así? Yo me pasaba los días subiendo y bajando la montaña, seguido siempre por mis cabras y una cola de soldaditos adestrados.

Pero a los cinco meses, cuando ya habían construido todo el trayecto que costea el río Arges hasta llegar al corazón de la montaña, la obra se paró. El otoño estaba a punto de llegar y aunque no estaban lo bastante alto como para sufrir con la nieve, algo les impedía seguir adelante con la construcción. Es verdad que yo iba y venía con mis animales muchas veces al sur, donde la vegetación todavía resistía al frío, pero las noticias que traían los pastores que bajaban de la montaña eran de que no había avances. Un día llegó hasta mí la información de cinco muertos, un horror. Poco después, un oficial mandó llamarme, me puso un puñado de monedas en la mano y dijo que fuera a recoger a un ingeniero, un alto oficial que había desertado del ejército ruso.

— No te olvides, Stefanescu: eres su guía y nuestros ojos, chico, me dijo el comandante a cargo de las obras.

¿El qué? No, me decía chico porque sí, pero yo ya era un hombre bastante maduro, por así decirlo. En este frío uno se conserva de otra forma, ¿no cree usted? Bueno, me dijo aquello el oficial y no entendí del todo qué quería, a lo mejor simplemente no se fiaba de un ruso husmeando en los proyectos rumanos. Pero eran órdenes del Politburó de Bucarest, tendrían sus razones, y al día siguiente me llevaron hasta Pitești a buscarlo. Allí esperé al comandante Romanoff, así se llamaba, hasta que terminase su visita por la refinería, una tarjeta de visita del régimen.

— Acabo de conocer uno de los grandes logros de vuestro país, camarada Stefanescu.

Eso me dijo con una sonrisa ancha, tonta, y le sonreí más porque me pareció graciosa su forma de hablar que por corresponderle la alegría. Le invité a la camioneta Niva para llegar hasta el campamento. Era un ruso grande, huesudo, con una mirada agresiva de cosaco en armas, vistiendo un largo poncho negro y con un bigote de doble filo apuntando hacia arriba hasta casi tocarle los ojos.

— Es un buen camarada y viene a ayudarnos con la obra, dijo el oficial rumano que le acompañaba. Se encargará de poner orden en este lío.

Me acuerdo que el ruso estuvo todo el viaje con la ventanilla abierta, diciendo que el aire bucólico del Arges le recordaba al Volga.

— ¿Ha estado usted en Leningrado, Stefanescu?, me preguntó.

El oficial rumano rió con ganas, me humilló, me callé. Seguí en silencio el resto del viaje. No, señor, no es que me molestase, simplemente creo que cuando uno sabe el valor que tiene, de tonto es discutirlo.

Cuando llegó al campamento, los oficiales se reunieron con él en una tienda y sólo volví a verle tres horas después, cuando estuvo dando instrucciones al ejército. Afirmó que no toleraría ningún nuevo motín, que todo soldado que se recusara trabajar sería fusilado y ordenó una expedición que saldría por la madrugada a poner los explosivos que decían de “segundo nivel”. Luego se fueron a cenar. Cuando anocheció y se retiraron a dormir, nos volvimos a encontrar, porque me instalaron en su misma tienda. Él dormía en una inmensa hamaca, yo en un cuero lanudo que había estirado sobre el suelo.

— ¿Tú te crees la historia del vampiro, Stefanescu?, me preguntó mientras se quitaba la ropa, mirando alrededor como si temiese mi respuesta.

— Uno cree sólo en lo que ve, mi señor. Y lo que es cierto es que el castillo que usted ve en lo alto de la montaña perteneció al conde Vlad, el empalador. Y lo digo porque nos defendió de los turcos, a mis antepasados, me refiero, en esas mismas tierras, bajo el Castillo de Poenari.

Guardó silencio por un buen rato, como si se hubiese quedado dormido.

— Pues si vuestro vampiro está por aquí, dijo de pronto, alzando la frente, mañana le fusilaremos.

A eso de las cuatro de la mañana, salimos con un destacamento de tres ingenieros y treinta y cinco soldados cargados de explosivos. Les guié a través de los pinos hasta la pared sur de las montañas que costean el valle, justo en la espalda de las ruinas del castillo. Al acercarse, nos dividimos en siete grupos, cada uno con coordinadas estrictas para ubicar las cargas. Yo iba sólo, abriendo paso para que los soldados pudiesen pasar. Sólo diez minutos después, se escuchó la primera explosión. Luego otra y una más. Lo más rápido posible llegamos todos al local, donde dos soldados habían sido destrozados y otros tres yacían gravemente heridos. Una fatalidad, si señor. Puede pasar la vida entera sin que uno se acostumbre a ver la sangre humana. ¿Ha tenido usted la oportunidad de presenciar algo así? No lo deseo a nadie, se lo juro. Pues sorpresa: nadie supo explicar qué había pasado. Los soldados tenían una mirada de pánico y tanto brillaban sus ojos que el Sr. Romanoff decidió postergar el interrogatorio, porque lo primero que dijeron fue que un vampiro les había cruzado por el camino. Un disparate, se dijeron algunos. Volvieron al campamento a duras penas, no tanto por tener que cargar con los cuerpos, sino por lidiar con el miedo que se les asomaba por la espalda. Por la noche, los mismos síntomas que ya habían aterrorizado al campamento anteriormente volvieron a aparecer en cinco de los soldados de la expedición: fiebre alta, alucinaciones, sensibilidad a la luz. Dos oficiales, acompañados por sus soldados, se reunieron delante de la tienda de Romanoff y exigieron que cancelasen la misión. Créame, en aquél momento descubrí por qué el señor Romanoff había sido designado por el Politburó. Ordenó que se les pusiese en fila a los oficiales y les fusiló delante del comedor, cuando todos los soldados esperaban por la cena. ¿Quién crees que eres, ruso traidor? Gritó uno de los oficiales. Su respuesta llegó con un balazo de plomo.

Aquella noche, antes de dormir, se le notaba al comandante la respiración acelerada, tenía las pupilas dilatadas y no quiso comer la cena. Le pregunté si estaba bien, le ofrecí un poco de té con hierbas de la zona para el estómago, todo lo que pude para tranquilizarle. No era la primera vez que veía dichos síntomas. Más tarde, por la madrugada, la niebla ya había descendido hasta cubrir el llano con nubes azuladas a ras de suelo cuando me desperté con su voz. Hablaba consigo mismo, sentado en la cama y con el sudor empapándole la cara.

— Lo he visto, Stefanescu, me dijo. — No le contesté nada y volvió a repetir — Te digo que lo he visto, mierda. Un lobo negro con ojos de hombre, Stefanescu, lo he visto, le aseguro. ¿Cómo no te has despertado, campesino inútil?

— Lo siento, señor, cálmese. Estará usted alucinando por la fiebre.

Me dejó que le enfriase la frente con un pañuelo mojado en fenogreco y pronto pudo relajarse. Se quejó por un rato hasta que durmió. Por la mañana parecía recuperado, como si nada hubiese ocurrido durante la noche. Parecía más lúcido, más altivo, incluso, y después del desayuno me dirigió la palabra en el comedor.

— Hoy se termina esta mierda, Stefanescu.

Lo primero, llamó a tres oficiales y cinco soldados y ordenó una misión de reconocimiento para determinar el estado de los explosivos del otro día. Cuando el grupo salió, esperó cinco minutos y convocó a otros dos oficiales de su confianza, un destacamento de soldados y marchó en persecución de los primeros. No descubrí sus intenciones hasta que llegó con los prisioneros atados por el cuello y tirados por una cuerda.

— Aquí están vuestro vampiros, gritó a los soldados. Vampiros de la patria y chupasangres del pueblo rumano.

Luego habló que una investigación empezada antes de que llegase al campamento había detectado a los doble espías soviéticos que estaban saboteando la construcción. Les había pillado en una cueva conspirando contra la autoridad del Politburó, donde además se encontraron disfraces, pólvora y linternas que utilizaban para causar las explosiones. Todavía menos creíble fue la explicación para las fiebres: uno de los soldados era cocinero del batallón y les había provocado una gastrointeritis a través de la comida. ¿No le parece raro? No creo que esto sea siquiera posible. ¿Eso fue lo que leyó usted? Me imaginaba, es la historia oficial. Lo que no sabrá es que, aquella noche, Romanoff y los oficiales se reunieron y determinaron que el curso de la carretera se cambiaba. Exactamente como lo oyes. ¿O es que no ve usted el castillo todavía allí, dominando la montaña?

En una semana, llegó una nueva oleada de soldados obreros, enviados por Ceasescu, acompañados de amplias felicitaciones al comandante ruso y “a todos los que le habían sido fieles durante la caza a los vampiros”, decía el comunicado amistosamente. El comandante ruso era libre para marcharse. La noche anterior a su viaje vino a mi humilde casa, todo un honor, créalo usted, y estuvimos bebiendo. Le estuve contando historias de mi familia, el éxodo hacia Transilvania, el conde Vlad y la guerra con los turcos. Dos botellas de aguardiente nos bebimos, una noche inolvidable. Casi nunca recibo invitados por aquí. No, usted no me molesta en absoluto, al revés. ¿Escritor, no? Quédese hoy por la noche, acompáñeme en la cena, beba usted de mi aguardiente. Luego podrá volver con una eternidad de historias que contar. Se lo garantizo. ¿Que hasta cuando pienso vivir aquí? Buena pregunta, si señor, muy buena. Pienso quedarme por mucho tiempo todavía, eso lo puedo asegurar, a lo mejor hasta me quedo para siempre. ¿Qué me dice? El placer será mío, señor. Póngase cómodo, tenga esta manta; una larga noche nos espera.

Publicado originalmente en CookBook Magazine nº 1.

¿Te ha gustado mi cuento? Suscríbete.

Y no te olvides recomendarlo ;)


메타데이터
post_id
feb13f1b28f8
slug
platos-típicos-de-rumanía-feb13f1b28f8
url
https://medium.com/espanol/platos-t%C3%ADpicos-de-ruman%C3%ADa-feb13f1b28f8
canonical_url
https://medium.com/espanol/platos-t%C3%ADpicos-de-ruman%C3%ADa-feb13f1b28f8
author_url
https://medium.com/@eirabriel
status
ok
fetched_at
2026-07-27 06:50:25