“Laberinto Podestá”: Hechizo, memoria y enigma
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“Laberinto Podestá”: Hechizo, memoria y enigma

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Sobre una idea original de Silvina De Micheli, bajo la coordinación general de Alejandra Bignasco y con dramaturgia, dirección y puesta en escena de Claudio Rodrigo y Juan Pablo Thomas, el Teatro Coliseo Podestá presentó “Laberinto Podestá, el último aplauso”, una experiencia escénica nocturna e inmersiva, que, desde su primera función dejó en claro que se trata de un acontecimiento artístico singular. La respuesta del público no tardó en confirmarlo: localidades agotadas para las funciones siguientes acrecentaron la expectativa alrededor de una propuesta gratuita, concebida con mayúscula creatividad y calidad.
Con un elenco integrado por los artistas locales Luna Benaglia, Juan Camiletti, Lucía Pérez Martins, Lucía Cafiero, Cintia Silveyra D’Avila, Florencia Verón, Carolina Cremonte, Juliana Colli, Luciano Guglielmino, Miguel Retamar, José Desimone, Leandro Etchegaray, Joaquín Marones y Santiago Franco, la iniciativa convierte a los asistentes en parte activa de la travesía. Ya no hay espectadores inmóviles frente a un escenario, sino cuerpos en movimiento que atraviesan pasillos, salones, escaleras y rincones de uno de los teatros más importantes del país, guiados por escenas que emergen donde menos se espera.
Todo teatro guarda su propia magia, pero aquí esa dimensión se vuelve explícita. Aquí, el ilusionismo y la actuación dialogan de manera natural, como si pertenecieran a una misma forma de arte capaz de cautivarnos. Tal vez, porque todo actor tiene algo de mago y posee esa capacidad de manipular percepciones, de tensar fuerzas que, en apariencia contrastan, de conducir la mirada, de sembrar dudas y de despertar asombro. Tal vez, porque existe un pacto silencioso entre quien ejecuta y quien observa: dejarse llevar por una ficción que trabaja, precisamente, sobre ese límite donde lo visible y lo invisible se tocan, donde la razón vacila y la imaginación gana terreno.
La vivencia encuentra uno de sus mayores aciertos en el uso de la iluminación. En un dispositivo inmersivo de estas características, la luz deja de ser tan solo un recurso técnico para convertirse en lenguaje dramático. Cada resplandor tenue, cada sombra proyectada, cada destello repentino o cada penumbra calculada modifica la percepción del espacio y del tiempo. Un pasillo puede volverse sagrado; una escalera, amenazante; una puerta común, portal hacia otra dimensión. La arquitectura decimonónica del Coliseo no funciona solo como marco, sino como espacio escénico y materia en continua transformación, intervenida por efectos que revelan y ocultan con idéntica inteligencia. Cada color, cada matiz y cada detalle que el ojo alcanza a captar, entre la oscuridad o la tenue luz, adquiere valor agregado del recorrido.
El mayor hallazgo de la obra radica en aprovechar al máximo las características del edificio donde se desarrolla y su energía particular, integrándolo de forma armónica con la narrativa. Los viejos teatros son templos civiles donde generaciones enteras rieron, lloraron, soñaron y aplaudieron. En tiempos veloces, dominados por la inmediatez y las pantallas, ingresar en un espacio que es patrimonio y memoria artística supone escuchar capas de memoria todavía latentes entre paredes centenarias. “Laberinto Podestá” parece comprenderlo y lo traduce en escena: trae al presente la magia de lo sagrado, de lo enigmático y de esas presencias que muchos creen habitan los lugares cargados de pasado. De esa clase de leyendas que a todos nos fascinan.
Porque todo edificio emblemático produce, junto a su crónica documentada, una narración paralela. A los hechos comprobables se adhieren rumores, leyendas, voces heredadas, apariciones imaginadas y secretos repetidos de generación en generación. Cuando el mito y lo fáctico se dan la mano no se anulan: se potencian. Y los responsables artísticos detrás de esa propuesta supieron captar a la perfección el aura sugerente que atraviesa la creación y le otorga espesor narrativo.
La dramaturgia apuesta, además, a una combinación de climas y símbolos profundamente ligados al espíritu del tiempo histórico que atraviesa la puesta. Lo erótico aparece como pulsión vital; lo fantasmagórico, como presencia de aquello que se resiste a desaparecer; lo criollo, como raíz identitaria; el tango, como música sentimental del destino, del arrabal y la nostalgia. Capas que se superponen hasta construir una textura teatral singular, donde el cuerpo, la memoria y el mito conviven con naturalidad.
Desde lo técnico, el espectáculo exige una maquinaria de precisión notable. Coordinar desplazamientos de los asistentes a la función, tiempos de ingreso de los intérpretes, escenas múltiples, transiciones, climas sonoros y representaciones en espacios no convencionales demanda una dirección rigurosa. Nada puede librarse al azar cuando decenas de personas avanzan por un auténtico laberinto en el tiempo. La dupla de directores logra sostener esa complejidad con pulso firme, mientras el elenco acompaña con entrega física, versatilidad interpretativa y una energía sostenida a lo largo de todo el trayecto. Párrafo aparte para la exquisita recreación del vestuario.
Como corolario, la pieza, hipnótica y sublime, ofrece un gesto simbólico poderoso: esta experiencia supone una invocación al alma de sus fundadores. En ese punto cobra relevancia una idea central del montaje: los fantasmas del teatro no son amenazas, sino guardianes. Todo escenario tiene presencias tutelares, memorias que velan por su continuidad. Espíritus protectores. Los Podestá.
La ciudad de La Plata ocupa un lugar esencial en esta historia y no es menor que la puesta haya sido realizada íntegramente por artistas locales, teniendo en cuenta que nuestra comunidad posee una profunda tradición cultural, universitaria y escénica, semillero constante de músicos, actores, escritores y creadores. Que una experiencia de esta magnitud surja de tal modo confirma la vitalidad de una escena con voz propia. Igualmente significativo resulta que la obra parta de una idea originada hace aproximadamente quince años, autoría de De Micheli. Hay proyectos que necesitan madurar, esperar el contexto adecuado, encontrar a las personas indicadas. Bajo las circunstancias idóneas, la grandiosa “Laberinto Podestá” encontró su cauce, forma y cuerpo final.
Lo que vuelve única a “Laberinto Podestá” es, precisamente, su vínculo directo con el espacio que la alberga. No se trata de una obra montada dentro de una sala histórica, sino de una obra nacida del teatro mismo. Primera producción realizada en su totalidad con recursos propios del Coliseo cada recoveco en promesa dramática. El edificio deja de ser continente para transformarse en protagonista. Y allí, la excusa narrativa que sirve como disparador del conflicto (el cual, por obvios motivos no se adelantará) recuerda que ciertos patrimonios exceden cualquier lógica mercantil y pertenecen a la a la identidad cultural y colectiva de una ciudad.
Resguardar la herencia del destacado recinto platense, actualmente bajo la impecable dirección de Alejo García Pintos, no consiste solamente en conservar su arquitectura, sino en llenarlo nuevamente de imaginación, movimiento y emoción. Como si el mejor modo de honrar el pasado fuera traer nuevamente al presente (a la vida) aquellas circunstancias fundacionales. Para ello, existen umbrales que merecen cruzarse sin aviso, sombras que deben sorprender al girar una esquina, crujidos de madera cuya sugestión no puede explicarse por escrito. Preferible es preservar el enigma.
“Laberinto Podestá” pertenece a esa clase de experiencias que deben descubrirse en primera persona. Ningún amante del teatro debería permanecer ajeno a una propuesta de esta naturaleza. Es un viaje en el tiempo, una celebración de la memoria escénica, un aplauso cuyo eco resuena detrás del telón. También una invitación a dejarse cautivar: creer definitivamente en lo sobrenatural, dejarse llevar -aunque sea por una noche- por ciertas supersticiones y aceptar que los viejos teatros todavía guardan secretos que merecen revelarse.

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- 2026-06-27 18:20:27