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MALDAD

¿La maldad flota en el ambiente y se impregna? ¿Nace con cada persona o se adquiere? Tal vez aún estemos lejos de averiguarlo, pero de lo…

Salomon Omar Acharte R. · 2025-05-20 07:11 · 0 claps · 3.4 min read
#misterio #enigma #terror #intriga #maldad
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MALDAD

¿La maldad flota en el ambiente y se impregna? ¿Nace con cada persona o se adquiere? Tal vez aún estemos lejos de averiguarlo, pero de lo que sí estamos seguros, es que existe.

La primera vez que se tuvo sospechas sobre la oscuridad que rodeaba a Eugenio, fue cuando solo tenía cuatro años. En un incidente de detalles siniestros. Sus padres lo habían dejado al cuidado de la niñera. Era una señora mayor de excelente trato. Recomendada por todos los vecinos. Habían regresado del supermercado y lo primero que observaron fue una escena surrealista y macabra. Encontraron al menor jugando sobre el cuerpo inerte de la niñera. Saltaba de un lado al otro sobre el abrigo de la vieja señora Thompson.

La madre, horrorizada, había levantado y alejado al pequeño del cuerpo de la señora, mientras el padre llamaba a emergencias. Al llegar los paramédicos solo certificaron la muerte de la anciana dama. Tal vez por la edad o, tal vez por algo indescifrable. El hecho es que murió en presencia del niño. La versión oficial es que murió de un infarto pero nunca se supo.

En la época de adolescencia, Eugenio siempre fue un joven solitario; parco. Un introvertido que casi nunca sonreía y se la pasaba en su casa vacía. Vacía porque sus padres regresaban muy tarde del trabajo (o tal vez por alejarse de él), y casi ni cruzaban palabras.. Un ¡hola!, ¿alguna novedad? y listo. A la rutina de cada uno, lejos de él.

Horas de horas encerrado en su habitación. Todo el día, luego de la escuela. Casi no tenía amigos y su diversión era estar frente al monitor de su computador. Algunas tardes, cuando a veces sus padres regresaban temprano, oían salir risotadas del cuarto cerrado de su hijo. Pero no los alegraba pues no eran risas de alegría. Eran como bramidos salidos de algún animal. Los padres solo atinaban a mirarse uno al otro.

Solo asistieron a la escuela una sola vez, obligados por la policía y la dirección del colegio. Eugenio había sido el único alumno en ver cómo se suicidó un compañero estudiantil. Se arrojó al vacío, se supone, desde un quinto piso. Y a unos metros solo estaba Eugenio como testigo presencial. Observando. Impasible. La cámara de vigilancia tenía la escena registrada. Algo distorsionada porque parecía como si una sombra negra hubiera estado captando la atención del joven suicida, antes de lanzarse por la ventana del aula vacía. La cámara hace un acercamiento y Eugenio vuelve a ver a la cámara directamente. Se percibe una media sonrisa. Pero este gesto fue considerado irrelevante para la investigación. Ni el colegio ni los padres hablaron nunca más del tema. Nunca hubo pruebas de implicaciones homicidas. Tampoco se investigó mucho. Como si la atmósfera que rodeaba a Eugenio incitara a alejarse.

El día que Eugenio tuvo la mayoría de edad, sus padres casi mueren en un accidente de auto. Justo el mismo día del cumpleaños de su hijo. Ese día llegaron de madrugada a su hogar, después de salir del hospital. Su hijo estaba extrañamente sentado en la sala, con las luces apagadas. Una misteriosa vela negra alumbraba la mesa. Nadie dijo nada. Eugenio se levantó hacia su habitación y les dijo con una sonrisa macabra: “Tal vez el otro año se cumpla mi deseo de cumpleaños”.

A la semana siguiente los padres adelantaron la herencia y le regalaron la casa a su hijo. Le dijeron que se irían a trabajar fuera del país. Que estarían en contacto. Lo dijeron como si estuvieran huyendo.

Nadie comentó nada. Y los padres sintieron una especie de alivio, por alejarse de esa casa, de ese hijo, de esa maldad.

Antes de irse Eugenio le dijo algo a su madre que la perturbó mucho:

“Con los años te has puesto muy parecida a la señora Thompson”.

Nunca más cruzaron palabras luego de esa frase.

La casa solía permanecer a oscuras después de la partida de los padres, en silencio. Los vecinos no pudieron ni sospechar los horrores que sucedían puertas adentro. Al joven solo se le veía entrar y salir con unas mochilas oscuras. Y como no cruzaba palabras con nadie, nunca se supo a qué se dedicaba.

Una noche, los vecinos vieron salir fuego de la casa. Llamaron a los bomberos y cuando estos ingresaron para apagar el incendio, oyeron esas risotadas características. No provenían de la habitación. Venían desde el sótano. Al bajar, encontraron a Eugenio en estado eufórico. Saltaba de un lugar a otro, alrededor de un círculo rojo dibujado en el suelo. El círculo era un tapete gigante, que cubría un pozo antiguo. Al alejar al muchacho y destapar el tapete, los bomberos y la policía se llevaron una sorpresa terrorífica. Una cantidad tremenda de huesos humanos llenaban el pozo.

Eugenio nunca dijo de dónde salieron los restos ni a quienes les pertenecían. ¿Era él un asesino en serie? ¿Un perturbado que coleccionaba huesos? ¿Acaso era parte de una secta oculta? ¿O estaba poseído por alguna entidad que dirigía sus actos? ¿Traía él la maldad o la maldad lo encontró en su casa?

Lo único seguro es que la maldad existe.


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