Cuando emborracharse fue la opción más resolutiva frente al apagón
Ayer Madrid se dividía en varios grupos de personas: los cotillas que observaban curiosos el panorama; los borrachos que, sin pretenderlo…
Cuando emborracharse fue la opción más resolutiva frente al apagón
Ayer Madrid se dividía en varios grupos de personas: los cotillas que observaban curiosos el panorama; los borrachos que, sin pretenderlo, se camuflaban al sol entre las bolsas de basura que llevaban días acumulándose en las calles; los niños que jugaban en los parques; los transeúntes asustadizos que arrasaban con las existencias de comida preparada en los supermercados; y los que intentaban, a golpe de codo, meterse en los autobuses interurbanos.
Yo pertenecía al primer grupo. Distraída por el fervor y el morbo de la situación, decidí afinar la antena y escuchar lo que decían los madrileños en la calle. La mayoría estaba encantada: habían conseguido sumar medio día de vacaciones al puente, sin comerlo ni beberlo. Bueno, en realidad, beberlo sí.
Luego nos enfadamos cuando en otros países nos critican y nos cuelgan etiquetas como “olé, sol y cervezas”. ¿Para qué engañarnos? Si nos las ganamos a pulso. Y con gusto.
El ambiente tenía su punto. Los policías más guapos de la ciudad salieron a ayudar, sintiéndose héroes. Y los perros disfrutaban del paseo más largo de la semana.
— ¿Qué voy a hacer si no? Pobrecillo, lo tengo explotado — decía una señora, señalando a su perro sediento, mientras reía junto a su vecina del cuarto, que se había quedado a medias en la peluquería y llevaba en la cabeza lo que parecía un sándwich mixto.
Si yo fuera perro, habría pensado: “Joder, con la vieja… Justo cuando planeaba escaparme, resulta que es mi día de suerte”.
Además de policías, señoras, perros, niños y adolescentes que me dejaban boquiabierta con sus mejores “chilenas” en el parque, estaban “los del bus”. Esos valientes que se dejaban empujar hasta quedar con las mejillas y papadas estampadas contra el vidrio, disfrutando así de un tour sin normalidad que iba a durar horas.
Entre ellos, no faltaban los gruñones que discutían por el orden en la fila, como si eso los hiciera avanzar, ignorando que sin semáforos operativos la carretera era la jungla. Pensándolo bien, si se estrellaban todos juntos, al menos se amortiguarían unos a otros.
Y luego estaba el tema de los supermercados. En un Mercadona de Gran Vía, una trabajadora dejó escapar unas palabras con cierto desdén:
— ¿Pero qué compran? ¡Si no hay nada de nada!
Acto seguido, soltó un suspiro largo, miró el reloj y deseó con todas sus fuerzas llegar a su casa, aunque estuviera sin luz. ¿Quién sabe? Igual la esperaba un buen muchacho con placas solares, cocina de gas o, milagro de los milagros, cliente de Vodafone. ¡Menudo lujo!
Como mi ingenio ese día brilló por su ausencia, antes de entrar a Mercadona fui a una tiendecita filipina donde me timaron por unos simples tampones. Me costaron el doble. Quizás estaban hechos de un oro especial para vaginas y yo sin enterarme.
El caso es que me vino la regla por el estrés que me generó una teoría conspirativa que soltó una de mis jefas antes de salir del trabajo. — Esto es en toda Europa, Dios mío. Hacen lo que quieren con nosotros — dijo, con el miedo aún en el cuerpo. A lo que otro profesor replicó: — Venga, que se lleven el regalo del Día de la Madre hoy, por si nos confinan mañana.
Como soy muy cumplida, repartí a los niños mayores los materiales del regalo: abalorios y hilo de pescar para hacer pulseras, junto con una tarjeta para colorear. Les dije que lo hicieran en el parque de su casa, porque total, no iban a tener nada más que hacer esa tarde.
Con los más pequeños, me puse a construir casas de Lego, mientras mi mente divagaba en cuánto le cuesta a una persona normal comprarse una casa con un solo sueldo. Derribé mi casita de Lego con frustración. Los niños se partían de risa al ver a su mini profe sentada en el suelo, jugando a derribar edificios de juguete.
Fue entonces cuando me di cuenta de que casi nunca tenía tiempo para detenerme, tirarme al suelo a jugar sin estar pendiente del horario, de la programación, de la asignatura o del ritmo acelerado que implica trabajar con otros adultos.
Y también comprendí lo raro que era que me permitiera mirar a mi alrededor, observar cómo se siente la gente desconocida, escuchar sus temas de conversación. Por eso, al igual que la huelga de autobuses de mañana, que ha sido desconvocada, y la anterior huelga de trenes, he decidido hacer una huelga de móvil.
Así siempre quedará la opción de dejarlo cargando en casa y salir a conmemorar el apagón con una cerveza en la mano.
메타데이터
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