Más vale malo conocido
¿Cuánto tiempo requiere un villano para convertirse en héroe? O quizás la pregunta sea otra, acaso más desalentadora, ¿cuánto tiempo…
Más vale malo conocido
¿Cuánto tiempo requiere un villano para convertirse en héroe? O quizás la pregunta sea otra, acaso más desalentadora, ¿cuánto tiempo necesita nuestra desmemoria, la amnesia colectiva para olvidar la crueldad ajena? Sospecho que habitamos un olvido protector del que solo nos rescatan, muy de tarde en tarde y casi a traición, las ficciones de la literatura, los registros de la Historia o la persistencia de la poesía y las leyendas populares. Porque el villano, ese ser que hoy creemos de pura invención literaria, solo existe en la medida en que suponemos la existencia de su reverso: el héroe, ese individuo que encarna los valores supuestamente positivos de su época.
Pienso, por ejemplo, en los piratas. Eran, por definición indiscutible, ladrones del mar, hombres sin patria que alquilaban su crueldad al mejor postor o la ejercían en beneficio propio. La literatura, y más tarde el cine con su inaudita capacidad de embellecer el horror, nos los han devuelto convertidos en figuras de un romanticismo dudoso, aventureros de ademanes gallardos, cuando en realidad eran seres brutales, armados y dispuestos a todo por un puñado de joyas, riquezas y oro. Si observamos sus actos con moral, la violencia que ejercieron fue, sencillamente, atroz e injustificable. Y sin embargo, ellos no se habrían considerado los malvados de la función; acaso se veían a sí mismos como náufragos de un sistema feudal que los asfixiaba, hombres que intentaban vivir al margen de una aristocracia que los despreciaba. Pero la Historia, que siempre es un ejercicio de edición redactado por quienes sostienen el cetro o por los vencedores de las batallas, trazó una línea divisoria insalvable. Los convirtió en los villanos oficiales de la sociedad, demostrando que el juicio sobre una vida depende, casi siempre, de quién conserve la facultad de narrarla.
Esta transfiguración del juicio resulta aún más inquietante cuando la trasladamos a los escenarios de nuestra propia geografía, allí donde la memoria arde todavía con la viveza de una herida abierta. En Bolivia, anteriormente el Alto Perú, la figura de Julián Apaza Nina sigue suspendida en una ambigüedad insoportable. ¿Villano o héroe? ¿Quién ha empuñado la pluma para contar su asedio? Lo verdaderamente trágico no es solo la imposibilidad de alcanzar una respuesta unánime, sino constatar cómo el presente degrada y envilece los símbolos del pasado. Hoy en día, los movimientos populares que pretenden imitar su hazaña repiten el cerco, pero despojándolo de cualquier rastro de épica o de justicia moral. Sus métodos actuales son viles, vergonzosos y, en el fondo, profundamente cobardes. Reúnen a miles de personas, sí, pero lo hacen bajo el imperio de la coacción y el miedo; pagándoles unos pesos por jornada, infundiendo el terror puerta a puerta, amenazando con la represalia física si se niegan a sumarse a los bloqueos. Es una forma de actuar que no admite otro nombre que el de terrorismo, pues busca paralizar el ánimo de toda una comunidad. Y lo más grotesco sobreviene cuando esa violencia empieza a flaquear por el cansancio de los obligados o por la simple falta de fondos para sostener el soborno de los bloqueadores; es entonces cuando los cabecillas, con una hipocresía que mueve a la náusea, piden disculpas a la población y aseguran que todo ese sufrimiento, que el encierro de cincuenta días impuesto a La Paz, se hizo «por el bien del pueblo». Uno no puede sino preguntarse qué clase de bien reside en clausurar las vidas de los otros y condenarlos al aislamiento.
Y en el otro extremo de esta farsa, aquel que por el cargo y la gravedad de las circunstancias debió haber sido el héroe o al menos el protector de los ciudadanos indefensos, se revela, a causa de su inacción deliberada, como un cómplice silencioso, es decir, como otro villano. Hay una profunda cobardía moral en el gobernante que prefiere no mancharse las manos, o que se las mancha indirectamente con la sangre de su propio pueblo, por el mezquino cálculo de conservar el título de presidente y asegurar un salario acomodado para el resto de sus días. Es el horror de la inacción. Cuando el actual mandatario compareció por fin la noche del 19 de junio de 2026 para declarar el Estado de Excepción, lo hizo recurriendo a una primera persona del singular que delataba un narcisismo patético: «He dispuesto la aplicación del Estado de Excepción para liberar las carreteras del país», proclamó, como si buscara glorificarse en el último minuto de la representación. Desea, de manera evidente, que la posteridad lo recuerde como el salvador de la crisis, pero ese veredicto no le pertenece a él. Lo dirá la Historia, o lo que es más probable, esa amnesia colectiva que acaso, si él tiene la suerte de los mediocres, acabe otorgándole el indulto del olvido.
Mientras tanto, en la penumbra de las calles paceñas, todavía se escucha como un murmullo de resignación tardía «Era con Tuto». Pero el día de las elecciones, las mismas personas que hoy suspiran por lo que pudo haber sido votaron por la novedad, huyendo de lo conocido con la ingenuidad de quien cree que cualquier cambio es, por sí mismo, un progreso. Olvidaron, tal vez por impaciencia o por cansancio, que en el desorden de los asuntos humanos suele cumplirse ese viejo y sombrío adagio que la sabiduría popular repite casi con desgano; que más vale malo conocido que bueno por conocer.
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