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El desarme

Por las persianas de madera carcomida entra un rayo de la luz solar que alcanza para iluminar tenuemente el living oscuro. La alfombra…

Rapsodas Historias · 2022-04-08 18:08 · 0 claps · 14.9 min read
#parejas #separation #basta #crecimiento-personal
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El desarme

Por las persianas de madera carcomida entra un rayo de la luz solar que alcanza para iluminar tenuemente el living oscuro. La alfombra tiene manchas, quizá café o barro viejo, y el empapelado marrón con rayas verticales está descascarado y tan cubierto de hollín que ahora parece gris. Ignacio, parado en la mitad de este rectángulo sin vida, mete las manos en los bolsillos del buzo, inclina un poco la cabeza hacia la derecha, y mira con curiosidad tres cuadrados apoyados en la pared al lado de la salamandra. Le parece que uno de ellos tiene una tela de araña en una de las esquinas superiores. Levanta la vista y mira el resto del living. Sobre los sillones de cuerina beige, hay cajas de zapatos y bolsas de consorcio llenas de ropa. Ignacio entrecierra los ojos y busca recuerdos de cuando la alfombra estaba limpia, la salamandra prendía y los sillones estaban llenos de almohadones. Pero no los encuentra como si los años que vivió en esta casa se hubiesen borrado de su disco interno. Se da vuelta para buscar a Carolina, pero ella ya no está al lado de los sillones mirando los CDs. Siempre le gustó eso de ella. Carolina está en constante movimiento. Fluye. Resuelve y cuando se estanca, vuelve a empezar. “En la comodidad, no se avanza”, le dijo ella la noche que se conocieron. Ahora él lleva esa frase tatuada en el brazo izquierdo.

Ese tatuaje, que aún no terminó de cicatrizar, fue una sorpresa para levantarle el ánimo a Carolina por el legrado. Ignacio había escrito en una hoja lisa la frase, corta y simple, ideal para tatuarse y llegar en horario a la clínica. Pero la angustia lo paralizó y cuando intentó hablar, solo le salieron lágrimas. Todo ese llanto que no se había animado a soltar frente a su novia, salió en la camilla con el silbido de las máquinas tatuadoras de fondo. El tatuador, que lo había dejado solo en cuanto Ignacio se puso a llorar, volvió media hora después con el diseño listo. Era la misma frase pero en una tipografía más compleja y sobre una carretera de fondo, todo en puntillismo. Con las lágrimas ya secas, Ignacio se tiró en la camilla boca abajo y dejó que el tatuador decidiera la ubicación exacta el tatuaje. Durante las horas que tardó en tatuarse, Carolina lo llamó al menos ocho veces. Mientras esperaba a su ginecóloga, se preocupó. ¿Cómo Ignacio no la atendía? Ya adentro del quirófano, se enojó. ¿Qué otra cosa era más importante que la pérdida de su hijo? Su último sentimiento, antes de que la anestesia la desconectara del mundo fue furia, por la sensación de soledad y la dependencia. Desde que se había ido a vivir sola, con 25 años recién estrenados, era la primera vez que realmente pedía ayuda. Carolina había estudiado organización de eventos, armó su empresa y se convirtió en la organizadora de bodas más requerida por las famosas y las nuevas ricas. La frase que su novio se tatuaba en el tríceps mientras a ella le raspaban el útero era su mantra, prácticamente su identidad.

Cuando llegó a su casa, con el vientre dolorido y el alma en pedacitos, Carolina se aferró con la mano derecha al barral de la escalera y levantó primero el pie derecho. Lo puso en el escalón sin soltarse, levantó el izquierdo y repitió el proceso. Con cada escalón, una puntada. Con cada puntada, más bronca. Cuando entró a su Ph de dos ambientes lleno de plantas, se encontró con Ignacio tirado en el sillón con un antifaz relajante en los ojos, unas velas aromáticas prendidas y jazz de fondo. Otra puntada, más y más bronca. Desde la puerta, le revoleó la cartera que le cayó justo en el estómago y entonces Ignacio se incorporó de golpe. Caminó hasta ella, le dio un beso en la frente y la llevó hasta el sillón. La ayudó a sentarse y le mostró el tatuaje cubierto por papel film. Esperaba una sonrisa, unos ojos bien abiertos, pero Carolina se mordió los labios y negó con la cabeza. Estaba tan enfurecida que no supo reaccionar y solo le salieron lágrimas. ¿Cómo se atrevía él a apropiarse de su frase? Ignacio intentó abrazarla, pero ella se levantó del sillón con dificultad, caminó encorvada arrastrando los pies hasta su cuarto, cerró la puerta y no salió hasta el día siguiente.

En la semioscuridad del living, Ignacio se mira el tatuaje y amaga con rascarse. Sale del living y encuentra a Carolina en el pasillo. La mesa de luz heredada de la bisabuela de Ignacio ocupa toda una esquina, justo al lado de la puerta del baño. Uno de los cajones está abierto y Carolina, sentada en el piso al lado de la mesita, está mirando una foto. Ignacio se acerca, se agacha en cuclillas, y toma el portarretratos que ella tiene en la mano. El vidrio está roto. Un rayo atraviesa la foto desde el extremo superior derecho al extremo inferior izquierdo. Aunque la foto está borrosa, se distingue a una pareja joven con un bebé de año y medio en una playa de arenas marrones y carpas descoloridas. La mujer lleva puesta una campera de sire fucsia con rayas zigzagueantes beige y rosadas y un jogging negro. El pelo vuela sobre su cabeza como si estuviese en el medio de un huracán. Está descalza y parece feliz de que las plantas de sus pies toquen la arena fría. El hombre, en cambio, no se ve tan contento. Frunce el ceño y mira con los ojos enojados y la boca tensa al bebé que llora en sus brazos. Tiene un short gris y una toalla mojada que le cubre los hombros. El pelo no está alborotado, parece que el viento no llega donde está él, como si el rayo que corta el vidrio al medio también dividiera las masas de aire. Ignacio estudia la foto en silencio, recorre la grieta con su dedo índice derecho. Da vuelta el portarretratos, saca la tapa trasera y lee: “enero de 1987”. Vuelve a amar el portarretratos y mira hacia la derecha, casi mueve los labios para contarle a Carolina que su mamá siempre ponía la fecha a las fotos, pero ella ya no está.

En la cocina, se escucha el tintineo de la pava oxidada sobre la hornalla. Ignacio entra desde el pasillo, se acerca a Carolina, que ya está vaciando las alacenas, le da un beso en la mejilla y le saca el mate de la mano. Da un sorbo, lo deja sobre la mesada y sale al patio. Mientras termina el mate, Carolina mira a Ignacio caminar hasta el cuartito que está del otro lado del patio. Lo ve abrir la puerta de madera hinchada por el agua de tantas lluvias y desaparecer adentro de ese cuadrado moribundo. Recién ahí, cuando enfoca la vista en la ventana, se da cuenta de que tiene polvillo pegado de años y la esquina inferior izquierda del vidrio está astillada. Se ceba otro mate, camina unos metros y vuelve al pasillo. Ve la humedad en el techo y el empapelado descascarado en las esquinas. La casa entera se cae de a poco. Carolina vuelve a la cocina y pone las manos sobre la hornalla. Se identifica con esta casa. Ella también se cae de a poco. Aunque ya pasaron seis años desde que tuvo el primer aborto espontáneo hasta el segundo legrado que le hicieron hace dos semanas, el tiempo no avanzó. El tiempo, su tiempo, se escurrió entre ginecólogas, endocrinólogas, especialistas en fertilidad, sesiones de terapia, espéculos, estudios y pinchazos. Invasión al tiempo y al cuerpo. Se ceba otro mate, lo agarra con las dos manos que siguen frías y se queda mirando el fuego que baila en la hornalla.

Sentado con las piernas cruzadas en el suelo del patio, Ignacio abre despacio la bolsa de juguetes que tiene frente a él. El tiempo, su tiempo, retrocede de inmediato y ahora él es un nene de jardín con un tanque de guerra guardado adentro de un telgopor rectangular. Ignacio arrastra el tanque por el piso y empieza a hacer un ruido de cañonazos. Empuja el tanque con fuerza para que avance, pero la rueda se engancha con una grieta y vuelca. Ignacio abre la bolsa de nuevo y revisa qué más hay. Saca un auto amarillo que cabe en la palma de su mano. Se lo guarda en el bolsillo del jean y sigue revisando. En el fondo de la bolsa, ve algo que le llama la atención. Es un mazo de cartas de superhéroes, los clásicos. Saca una carta y se encuentra con El Increíble Hulk. En otra, Superman. En otra, Aquaman. En el medio del mazo, hay una foto recortada para que sea de igual tamaño que las cartas. Es el mismo hombre de la foto anterior, pero ahora está sentado frente a una mesa redonda con un mantel blanco con puntillas. Sobre la mesa, hay un bizcochuelo de vainilla con una vela de esas que se usan cuando se corta la luz. El hombre sonríe, pero no mira la torta. Su mirada se dirige al nene de unos cuatro años que está justo al lado de él, con las manos apoyadas sobre la mesa preparado para soplar. Ignacio da vuelta la foto y lee en silencio “agosto de 1989”. Debajo de la fecha, se lee en letra infantil “Mi superhéroe favorito”. Fueron prácticamente las primeras palabras que escribió. “El superhéroe ausente”, piensa Ignacio mientras recuerda cómo su mamá le agarró la mano y lo ayudó a trazar las letras en una hoja a modo de práctica. Después él las copio, desprolijas y chuecas, en la parte trasera de la foto. No trabajar, tomar una botella de vino antes de las 11 de la mañana, no limpiar y ni siquiera hacer la cama. Esos son los poderes que Ignacio recuerda del superhéroe. También recuerda las lágrimas de su mamá cuando él se fue con un bolso y la plata para todo el mes. A los 12 años, Ignacio ya era el hombre de la casa. Ahora mira la foto, se le cae una lágrima y se la saca enseguida con el puño del buzo. Rompe la foto en muchos pedazos. Los apila en el suelo, saca un encendedor del bolsillo y los prende fuego.

Carolina se asoma desde la cocina, se apoya en el marco de la puerta que antes tuvo vidrio pero ahora solo tiene un plástico transparente. Ve que Ignacio está sentado con las piernas cruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas con la mirada perdida en los restos chamuscados de la foto. Se acerca a la pila de pedazos quemados, agarra uno y lo mira. Va a agarrar otro pero la mano de Ignacio detiene la suya con firmeza. Carolina ya conoce ese gesto, esa barrera. Niega con la cabeza y vuelve a la cocina. Abre una de las alacenas, saca los vasos y los servilleteros y los pone dentro de una caja donde hay tuppers y ensaladeras. Arrastra la caja hasta un rincón de la cocina, agarra otra y la arma. La última vez que armó una caja fue hace ocho años cuando dejo su monoambiente luminoso y se mudó con Ignacio. Una de las cajas se desfondó en la escalera y se cayó la ropa de cama. Ella agarró la almohada y le pegó despacito a Ignacio. Él la miró pícaro, le hizo cosquillas y empezaron una guerra de almohadas que terminó en el sillón. Eso extraña Carolina. Las risas. La complicidad. Extraña que Ignacio le sirva café mientras ella se maquilla a la mañana o que ponga un lento de los 90 y la saque a bailar cuando ella está picando cebolla. Extraña ser ellos dos, sin charlas sobre informes médicos, sin horarios de ayuno, sin luchas con la obra social, sin lágrimas frustradas ni discusiones a medianoche. Ignacio entra desde el patio con la bolsa de juguetes. Se acerca a Carolina y le muestra el autito amarillo que se guardó. “Para el bebé”, le susurra, le da un beso en la frente y sale hacia el pasillo con dos cajas. “¿Qué bebé?”, piensa Carolina mientras tira la comida podrida a la basura.

Ignacio le da la espalda a Carolina mientras intenta sacar el microondas, que está encastrado en un hueco entre la heladera y la pared. Mete la mano despacio y cuando llega al fondo, lo agarra y tira con fuerza pero se le zafa y termina golpeando con el codo el omoplato de Carolina que da un paso atolondrado hacia adelante y se le caen las dos jarras que estaba por guardar en una caja. Las jarras se rompen y los vidrios quedan esparcidos por toda la cocina. Carolina se da vuelta, mira a Ignacio y sin decir ni una palabra, busca una escoba y una pala. Le alcanza la escoba a Ignacio pero él ya logró sacar el microondas y lo carga con las dos manos. Cuando atraviesa la cocina hacia el pasillo, se escucha el ruido de vidrios pisados. Carolina lo mira irse, mueve un poco las cajas y barre los vidrios rotos. Unos minutos después, se escucha la puerta de calle y enseguida aparece Ignacio en la cocina con un cigarrillo en la mano derecha. Se pone el cigarrillo entre los labios, agarra dos gaseosas sin gas de la heladera, las vacía en la pileta y estruja las botellas antes de tirarlas. El ruido sobresalta a Carolina, concentrada en limpiar y ordenar, y ve el cigarrillo. Ella dejo de fumar con el primer embarazo, que duró solo veinte días, y se prometió no retomar hasta que su hijo no estuviera al menos en jardín. Pero ese hijo, que ya estaría en la primaria, no existe y ella extraña no pensar en nada mientras el humo se deshace en el aire. Ahora ve el cigarrillo de Ignacio y le hace una seña para que le dé una pitada. Él finge no verla y saca los últimos paquetes de arroz y fideos vencidos de la alacena que está arriba de la heladera. Carolina camina hasta él, le mete la mano en el bolsillo, saca el atado, agarra un cigarrillo y lo acerca a la hornalla. Quiere gritarle que está harta de su cuerpo no pueda retener un bebé, harta de cancelar planes para ir al médico, harta de las mirada con lástima y los comentarios vacíos. Ya no quiere más. Pero en su lugar, prende el cigarrillo, da una pitada larga y exhala el humo, con placer, en la cara de Ignacio.

Él ya no recuerda cuándo fue la última vez que la vio fumar. Se muerde el labio izquierdo y la estudia en silencio. Quiere sacarle el cigarrillo de la mano, recordarle que se cuide, que en unos meses volverán a hacer otro tratamiento, que un bebé es su sueño, que los dos quieren una familia. Por en su lugar, le da un beso en la frente, le acaricia la cabeza y juega con las puntas del pelo de Carolina entre sus dedos. Ella le da beso suave en los labios y se da vuelta a guardar las últimas copas. “Ya no queda nada. Ahora cuando salgamos, me compro un paquete de mentolados”, escucha Ignacio mientras saca las cubeteras del freezer. Lo cierra y se apoya en la heladera. Carolina se apoya en la mesada. Frente a frente, se miran en silencio durante unos segundos hasta que Ignacio se da vuelta de nuevo, abre la puerta de la heladera y se agacha a revisar el cajón de las verduras.

Ya no queda vida en ese cajón. No se puede rescatar nada. Nunca se pudo rescatar nada en esta casa. Y ahora tampoco. Carolina parece decidida como si la casa hubiese activado un deseo que tenía dormido. Capaz necesitaba un lugar destruido para decirle que ella está igual. ¿Y él deseo de él? Ignacio quiere un hijo con ella. Quiere verla mamá, llevarle el desayuno a la cama mientras amamanta. Quiere buscar salones para festejar el primer año, estresarse por las vacantes del jardín y leerle antes de dormir. Si ella no quiere, ¿es la misma persona de la que me enamoró? Ignacio mira de reojo a Carolina, que le da la espalda mientras saca los cubiertos del primer cajón y le pasa un paño a cada uno antes de meterlos dentro de una bolsa de plástico. “Es ella”, piensa, “la que se mueve constantemente, la que avanza. La mamá de mi hijo”.

Carolina termina de poner todos los cubiertos en una bolsa, la cierra y la mete dentro de una caja. Mueve el cuello en un círculo de izquierda a derecha y estira los brazos. Se siente renovada, lista para dar el primer paso de un camino nuevo. Mientras junta los repasadores y cintas de embalar del segundo cajón, se imagina en un PH más grande con Ignacio o en una calle perdida de Asia. Cualquier plan de a dos, donde pongan el mismo esfuerzo y las mismas ganas. Hace rato que están desparejos. Carolina gira apenas la cabeza y mira a Ignacio que parece concentrado vaciando los frascos de mermelada. “¿Y si no quiere?”, piensa. “¿Yo quiero estar con un hombre que no me escucha? ¿Que no le importa llevar mi cuerpo al límite?”.

Carolina vacía los otros cajones. Ignacio mete los frascos en una caja. Los dos miran la cocina vacía. Ya no les queda mucho más por embalar. Carolina vuelve del living y encuentra a Ignacio con la pava en la mano. Él le ceba un mate amargo que ella toma sin apuro. Cuando termina, le sonríe, se acerca a él y lo abraza. Ignacio se sorprende pero se deja caer en ese abrazo. La agarra por la cintura, la levanta y le da un beso. Ella también lo besa con ganas. Cuando los pies de Carolina vuelven a tocar el piso, ella se recuesta en el pecho de Ignacio, que apoya la mejilla en su cabeza, tan cerca que siente el aroma a jazmín que le dejó el champú. Se quedan un rato abrazados en silencio. Sus cuerpos se entienden, sus respiraciones se sincronizan, sus labios vuelven a buscarse. Esta vez, es un beso corto y dulce.

Cuando se separan, Ignacio toma otro mate mientras Carolina se asegura de que todas las alacenas estén vacías. Después sale hacia el patio y entra al cuartito sin ventanas. El olor a humedad se le impregna en las fosas nasales y Carolina se tapa la nariz con el dedo pulgar e índice. Le parece que está vacío, pero entrecierra los ojos y ve en la oscuridad el esqueleto de un mueble. Se acerca y distingue que es una cuna. Vieja, enclenque y despintada. Se da vuelta para salir del cuartito y se choca con Ignacio. Se ríen en la oscuridad. Él se acerca a la cuna y la levanta con las dos manos. “Para el bebé”, le susurra, le da un beso en la frente y sale hacia la cocina. “No va a haber bebé”, piensa Carolina mientras niega con la cabeza.

En la cocina, la cuna se ve peor: le faltan barrotes, una pata está podrida y el elástico tiene varias maderas quebradas. Ignacio examina la cuna con entusiasmo, se agacha y la mueve un poco. La madera cruje y él se ríe. Apoyada en el marco de la puerta, Carolina ve las ganas que tiene Ignacio de agarrar una liga y empezar a reciclarla. A él le encanta esa magia de transmutar lo viejo y roto por algo nuevo y brillante. Cuando se fueron a vivir juntos, Ignacio recicló una biblioteca que encontró tirada en la calle. Tenía los estantes torcidos y las patas gastadas. Él ligó, remendó, pulió, pintó y barnizó. Conocía la fórmula exacta para reciclar y volverá dar vida. Le gustan las fórmulas a Ignacio: tener un trabajo establece, irse de vacaciones en enero, comer pizza los sábados, conocer a alguien, enamorarse, convivir, tener un hijo o capaz dos. Las fórmulas lo equilibran y la rutina le da seguridad.

A Carolina, en cambio, las fórmulas la ponen de malhumor. La estancan, la limitan. Incluso la empujan al cambio. Desde adolescente, Carolina se cuestionó las fórmulas y los mandatos. Los sábados, su mamá tenía sesiones de lectura con ella y su hermana. Era casi un ritual: se tiraban las tres en el sillón del living, su mamá en el medio y les leía algún texto que también había leído con sus alumnas de quinto año. Después, mientras las tres preparaban tostados de queso y tomate, charlaban sobre la lectura. Su papá, resignado a convivir con esas tres mujeres cuestionadoras, aprovechaba los momentos de lecturas para ir a jugar al fútbol y volvía a casa cuando los libros ya estaban cerrados. Los dos estuvieron orgullosos cuando Carolina armó su empresa de organización de eventos: Casamientos, bautismos, comuniones, renovación de votos o bodas de plata. Con cada fiesta, Carolina se alejaba con poco más del deseo establecido. Con cada vestido blanco que veía, acumulaba más ganas de ir a Perú a tomar ayahusca, a Tailandia a hacer parapente o a Japón a enseñar español. Siempre pensó que con el paso del tiempo, llegaría el instinto maternal. Cuando conoció a Ignacio, supo enseguida que quería compartir su vida con él. Con cada tratamiento, creyó que valía la pena sacrificar su cuerpo por el proyecto en común, creyó realmente que quería un bebé con los ojos de Ignacio, pero ahora en esta cocina vacía, acepta finalmente que eso no es lo que quiere. Ahora es su cuerpo el que dice basta y la obliga a reaccionar en esta casa tan rota como ella.

En silencio y con los brazos cruzados, los dos tienen la mirada fija en la cuna destartalada cuando suena el timbre. Ignacio se acerca al portero y avisa que ya va. En el pasillo, agarra el portarretratos con el vidrio roto, lo tira adentro de una bolsa y sale a la calle con tres bolsas cargadas. Aún apoyada en el marco de la puerta, Carolina siente que la respiración se le acelera, el pecho le pesa como si tuviera una roca encima y la boca se le seca. Da unos pasos, se pasa la lengua por los labios, inhala y exhala profundo. Camina alrededor de la cuna, intenta visualizar un bebé; se esfuerza pero solo ve una cuna decrepita. Suspira. Se frota los ojos. Le pica el antebrazo izquierdo y se rasca con fuerza hasta que le piel le duele. Carolina se agarra de la mesada con ambas manos, levanta la pierna derecha y le da una patada a la cuna. La suela de su zapatilla golpea de lleno en el lateral. Ignacio entra desde el pasillo y ve cuna desarmada en el suelo de la cocina. Eso que hasta hace un rato era un sueño compartido ahora son maderas rotas. Con los ojos vidriosos, Ignacio levanta la vista y mira a Carolina. Ella se desploma de rodillas en el suelo. Se le caen unas lágrimas que seca enseguida con el dorso de la mano. Ignacio se arrodilla al lado de ella y la abraza. Por unos segundos, Carolina se resiste pero después apoya la cabeza en su hombro y deja salir el llanto. Ignacio saca el autito amarillo del bolsillo, lo mira y también llora.


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